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Pocos han sido ilustres en el pase natural

Pocos han sido ilustres en el pase natural

Por: ADDIEL BOLIO (In Memoriam)

(Primera de dos partes)

Con motivo del VII aniversario luctuoso del afamado Cronista Taurino Internacional (CTI) Addiel Bolio traemos a la palestra del recuerdo una de sus tantas gustadas e ilustrativas columnas periodísticas publicadas en el diario nacional La Afición. Aquí el testimonio.

“La Fiesta de los Toros como expresión del enfrentamiento trágico del hombre con el toro se pierde en la prehistoria de la humanidad ya que ese juego es tan antiguo como el hombre, la caza y la guerra.

De las confrontaciones del hombre con la fuerza del toro dan referencia las pinturas rupestres, la escultura primitiva y tantos y tantos mitos y leyendas.

Y del toreo como arte hablan España, Portugal y Francia en el viejo mundo y, en América, desde luego, México y después Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú, Venezuela, Costa Rica y Guatemala, alimentando cada lugar de alguna manera propia la llamada Fiesta Brava.

El toro de lidia está enclavado en la clasificación zoológica de la especie Bos Taurus perteneciente al género Bos de la familia de los Bóvidos, del orden Artiodáctilos, de la clase Mamíferos y del tipo Vertebrados. Precisamente la familia de los bóvidos está caracterizada por ser sus componentes Rumiantes, Selenodontes y Carnívoros, esto es, que rumian, tienen los dientes en forma de media luna y poseen un estuche córneo sostenido por soportes óseos (clavijas).

A este animal se enfrente el hombre y se convierte en torero y ser torero o sentirse torero es practicar y dominar un arte que se enraíza en las mejores cualidades varoniles y si además tratáramos de fijar la enjundia del arte de torear, caeríamos en cuenta que este arte es también de imitación, como lo es la poesía, la escultura, más cerca de la primera que de esta segunda porque es un arte de inspiración, ritmo y medida.

El toreo es poesía pero una poesía viva que se renueva constantemente y en la que hay que huir tanto de la prosa como del amaneramiento decadente.

El toreo es el hombre que se enfrenta cada vez, no con el toro, sino con su toro, con su instinto, con su fiereza, con sus condiciones propias y con esas otras cosas que le dan su procedencia, su raza y su genealogía.

Por lo que torear, no es sólo resolver cada vez una situación específica sino, además, esa otra que trae aires de encinares o brisas marismeñas, laguneras y hasta marinas. Porque el torero ha de resolver con su arte, con su valor y su ciencia el incógnito eslabón de leyendas, como dice mi poeta de cabecera Abraham Domínguez Vargas, de un toro que es, más que tronco, rama.

Si el toreo es tan endeble que se deja influir por el público en una plaza de toros, entonces ya no habrá arte, lo estará asesinando y si nos ponemos exigentes no oficio sino ocasión y ocasión es sinónimo de coyuntura, oportunidad, albur, circunstancia, trance, riesgo y algo más. Y la obra de arte debe ser siempre personal y ha de llevar el sello de quien la siente y la realiza.

INTÉRPRETES DEL TOREO AL NATURAL

Por eso surgió un Juan Belmonte, el precursor del toreo que tiró a la basura los antañones cánones situando al toreo en un nuevo terreno de ejecución, dotándolo de una nueva forma y forjando un estilo entre temblores de emoción y de arte, por lo que decía que a los toros no había porque hostigarlos, más valía acariciarlos con la muleta.

‘Manolete’ por el contrario, enhiesto como un mástil, impávido, impasible, avanzaba digna y serenamente con una personal y sencilla arrogancia y así jugaba los brazos en la interpretación de las dos principales gemas del toreo:… (Continuará)