Columna Alternativa: Comercial y para la reflexión

Comercial y para la reflexión

Gustavo Mares

El festejo del domingo pasado en la Plaza México dejó muchos puntos para la discusión y también para la reflexión.

El tema comercial, el del diestro español Antonio Ferrera, quien ‘se salió del script’ y después de que el varilarguero picó al segundo de su lote, el diestro lo bajó del caballo para ser él quien oficiara con la vara. La gran masa se emocionó; los puristas se ofendieron.

Aprovechó su turno en quites pero a diferencia del resto de los toreros, él levantaba la mano de salida más arriba de la montera. Técnicamente, quizá incorrecto según los tratados de tauromaquia, pero el público en su mayoría sintió rico, como cuando se escuchan las notas de la melodía preferida y algo adentro de uno vibra.

Puso banderillas con gran espectacularidad y todavía hizo un par de recortes, que de nueva cuenta dividieron opiniones, pero la reacción del público en contra no fue la habitual de cuando un torero está mal y le silban con fastidio. En el caso de Ferrera fue con rabia, con pasión… sí, con emoción. Diferente a los que le aplaudieron a rabiar, pero también como un ‘volcán desbordado’. De eso se trata el toreo, de emocionar de alguna u otra forma.

Con la muleta toreó con la figura encorvada, llegó a ‘codillear’ criticaron los puristas, pero mantuvo al público centrado en su actuación.

La rúbrica fue la estocada. Se puso a una muy larga distancia. Parecía que pegaría la carrera, pero no. Caminó paso a paso hacia el toro, como caminan los banderilleros a la distancia cuando comienzan a tomar impulso para colocar los ‘avivadores’. Cada vez más cerca. Todos en el embudo de Insurgentes pensaron que faltando poco apresuraría el ritmo, pero no. Caminando, ni siquiera rápido, ‘hizo la cruz’, dejó la toledana entera y salió ileso con los pitones que le rozaron la pierna. El premio, las dos orejas y la merecida salida a hombros.

Acaso este momento de inspiración habrá sido porque un toro antes, el guanajuatense Diego Silveti firmó una importante actuación que le redituó en un apéndice de mucho peso, pero más allá del triunfo, el torero de dinastía mostró una faceta nueva en su propuesta taurina que se mantiene igual de emocionante, pero ahora se le nota como si se hubiera quitado de la mente muchos problemas. Lo transmite al tendido.

En temas que se prestan a la reflexión, la Corrida Guadalupana de la Plaza México puso de manifiesto que cuando los ganaderos ‘le echan agua al vino’ y encuentran la dosis perfecta sale ese toro mexicano de ensueño que tanto añoran los coletas ultramarinos.

El problema llega cuando ‘le echan demasiada agua al vino, que ya  ni pinta’ porque se condenada a la afición a soportar una lidia muy aburrida, porque a diferencia de otras épocas, en la actualidad son pocos los toreros que realmente saben lidiar, y menos aún los que quieren comprometerse con un burel de esas características.

Fue también de llamar la atención que muchos de los toros que se jugaron el pasado domingo, aunque ‘pelearon’ en el caballo recibieron poco castigo, no sangraron y aún así se caían. La línea general del ganado de Fernando de la Mora y Bernaldo de Quirós fue la de la sosería y la nobleza.

Hace unas semanas, también en la México, se lidió una brava novillada de Caparica, que peleó con fuerza en los caballos. Cada uno de los bureles tomó varias varas empujando con los riñones y los varilargueros, en toreros, se dejaron ver. Fue un espectáculo emocionante.

Sangraron los caparicas ‘hasta la pezuña’ pero no se cayeron, permitieron faenas de muchos muletazos, embistieron ‘con arte’ y sin rajarse.

Es cuando uno no alcanza a comprender por qué muchos profesionales del toreo prefieren adecuar los adminículos taurinos, cuando los toreros del domingo pasado demostraron que el gran atractivo del toreo es la emoción.

En el festejo homenaje a la Virgen Morena hubo mucha emoción. Imagine usted que habría pasado si los toros hubieran sido bravos, esa emoción se habría multiplicado.

En el caso del toreo ortodoxo y heterodoxo, tan bueno es uno como el otro. Es justo como la comida, cuestión de gustos. Lo importante es que se desbordó la pasión.

Para finalizar, la pregunta de la semana: ¿Y si en vez de probar en los festejos las puyas nuevas, los ganaderos ‘aplicaran’ una inyección de bravura a los toros que no van al caballo por su falta de raza?