Don Gabriel Alarcón Velázquez, quien fuera director general de El Heraldo de México hasta 2004, dejó de existir el pasado día 20. No sólo se significó como un notable empresario, sino también como un gran aficionado y promotor de la fiesta brava.
El empresario de origen poblano tomó las riendas del diario que fundó su padre, don Gabriel Alarcón Chargoy, en 1965. Desde el diario impulsó el deporte, las artes y el periodismo con distintas columnas y espacios. Especial atención tuvo la fiesta brava.
Por su sección taurina desfilaron importantes plumas. Valga consignar que el maestro Carlos José Felipe Juan de la Cruz Fernández y López Valdemoro ‘Pepe Alameda’ fue encargado de la sección ‘Olé’.
Muchas fueron las tardes que este reportero tuvo oportunidad de platicar con don Ga, como se le conocía cariñosamente.
Aunque siempre respetó y admiró a todos los toreros, le unía una amistad muy fuerte con el maestro sevillano Paco Camino, quien al día siguiente de haber sufrido la pérdida de su amigo recibió otro duro golpe, el fallecimiento de su vástago Francisco Camino Gaona.
Otra amistad sólida que forjó con el paso del tiempo fue la que tuvo con Manuel Capetillo padre, torero que siempre agradeció a don Gabriel la orientación que le dio para administrar el dinero que ganó durante su paso por los ruedos.
En más de una ocasión abrió las puertas del rancho San Gabriel, en el Estado de México, al madrileño Julián López ‘El Juli’, quien disfrutaba su estancia.
Fiel defensor de la tauromaquia mexicana en las páginas de El Heraldo de México siempre apoyó el desarrollo del toreo de nuestro país sin perder su esencia. Decía que el toro mexicano y el español son diferentes y que la tauromaquia azteca tiene características propias.
Cuando presenció el debut de Joselito Adame en la Plaza México como niño-torero, intuyó que el aguascalentense tenía madera de figura y envió a este reportero a la ‘tierra de la gente buena’ a hacerle un reportaje.
En aquel momento, los hermanos de José, Luis David y Alejandro eran muy niños. En la sala de su casa había un caballito de plástico en el que jugaban. La imagen que tomó ese día el fotógrafo Rubén Espinosa la tiene el papá de los tres toreros en su celular como fondo de pantalla.
Cuando ‘el niño’ creció y consolidó un nombre, un nieto de don Gabriel quiso conocerle en persona, pues había escuchado a su abuelo hablar maravillas de él. La reunión tuvo verificativo en un restaurante de la avenida Insurgentes.
Entrar a la oficina de don Gabriel imponía. Era amplia y de madera. Tenía una espectacular pecera y no podía faltar el teléfono rojo, que comentó a este reportero era un acceso directo a Los Pinos.
Ahí en su oficina, don Gabriel Alarcón muchas veces se puso de pie para torear de salón. Con mucha paciencia explicaba las bases del toreo.
Pero no sólo eso. También le gustaba ‘echarse al agua’. En alguna ocasión pidió que llevaran a limpiar una espuerta llena de capotes y muletas. Labor que hizo puntualmente don Francisco Mejía, padre del diestro de Tacuba, Manolo Mejía.
‘Voy a torear un festival’, compartió. Le gustaba torear grande. Días después de aquellas labores decidió ‘cortarse la coleta’. Confesó: ‘Me gusta mucho torear, pero un dia el toro me puede hacer daño’. Y no lo volvió a hacer, pero su gran afición se mantuvo intacta.
Tras abandonar la dirección general de El Heraldo de México, tomó durante algún tiempo las riendas de Ovaciones, que mantiene al día de hoy su gran tradición taurina.
Aún recuerdo que don Gabriel decía constantemente: ‘Disfruto leer mi periódico por las mañanas en compañía de mi familia. Me gusta la sección taurina’.
Hoy no habrá pregunta de la semana.
Desde aquí, nuestro más sentido pésame por el deceso de un gran empresario y taurino, pero sobre, todo de un gran ser humano.



