Columna EL VIEJO GRUÑÓN: La Huida de la Realidad

Hace mucho tiempo, cuando niños, jugábamos a ser toreros, policías o astronautas. Pero ahora mismo, los videojuegos han echado por la borda las antiguas diversiones infantiles.

Con  mi nieto justo frente a la pantalla de televisión, hoy tocaré un tema diferente a lo que acostumbro en este espacio.

Así es que, querido lector, pongo a su consideración el siguiente texto. Acepto comentarios y críticas. Aguanto vara, como buen taurino.

La Huida de la Realidad: ¿Por Qué los Jóvenes Se Escapan a los Mundos Virtuales?
Ah, los videojuegos. Esa maravilla tecnológica que ha evolucionado de ser un simple pasatiempo a un refugio para millones de niños y adolescentes alrededor del mundo. Antes de que algunos de ustedes frunzan el ceño y acusen a este viejo gruñón de estar fuera de sintonía con los tiempos modernos, déjenme decirles algo: no se trata de demonizar los videojuegos en sí, sino de cuestionar el entorno en el que nuestros jóvenes eligen perderse en estos mundos virtuales.
La adicción a los videojuegos no es un capricho ni una moda pasajera. Es un síntoma, una respuesta a un entorno que muchas veces resulta asfixiante, hostil y, en muchos casos, deprimente. ¿Realmente nos sorprende que prefieran mundos donde pueden ser héroes, construir imperios o simplemente escapar del estrés y la ansiedad del mundo real?
En las últimas décadas, hemos creado una sociedad que valoriza el éxito material sobre el bienestar emocional. Los jóvenes están constantemente bombardeados con mensajes de competencia, perfección y consumo. Desde temprana edad, se les empuja a ser los mejores en todo, a destacar en una carrera sin fin hacia una meta que rara vez tiene sentido. Los videojuegos, con su gratificación inmediata y sus metas claras y alcanzables, ofrecen un alivio temporal a esta presión constante.
No podemos ignorar el impacto de las redes sociales. Estas plataformas, que se suponía que nos conectarían, han creado una realidad paralela donde la validación y el valor personal se miden en «likes» y seguidores. La vida en línea se convierte en una extensión de los videojuegos, un lugar donde los jóvenes pueden ser quienes quieran ser, sin las limitaciones y frustraciones del mundo real.
Además los problemas en casa, las dificultades en la escuela, el bullying y la falta de apoyo emocional también juegan un papel crucial. Los videojuegos se convierten en un refugio seguro donde pueden escapar del dolor y la tristeza. Es una forma de anestesia emocional, un lugar donde pueden tener el control y experimentar una sensación de logro que muchas veces les es negada en la vida real.
Algunos de ustedes dirán que todo esto es exagerado, que los videojuegos son solo juegos y que los jóvenes siempre han buscado formas de escapar de la realidad. Pero la magnitud del problema actual no tiene precedentes. Según estudios recientes, el 60% de los jóvenes entre 8 y 18 años juegan videojuegos diariamente, y un porcentaje significativo de ellos muestra signos de adicción. Este no es un problema menor, es una crisis que refleja el estado de nuestra sociedad.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Prohibimos los videojuegos? ¿Desconectamos a nuestros jóvenes de la tecnología? Eso sería tan efectivo como tratar de apagar un incendio con gasolina. La solución no es cortar el acceso a los videojuegos, sino abordar las raíces del problema. Necesitamos crear un entorno donde nuestros jóvenes no sientan la necesidad de escapar constantemente.
Primero, debemos rediseñar nuestro enfoque hacia la educación. Las escuelas deben ser lugares donde se fomente la creatividad, el pensamiento crítico y el bienestar emocional, no solo fábricas de calificaciones y rankings. Los maestros y padres deben trabajar juntos para crear un entorno que apoye y nutra a los jóvenes, donde se valoren sus intereses y talentos individuales.
En casa, los padres deben estar más presentes emocionalmente. No basta con proveer económicamente; los niños y adolescentes necesitan sentirse escuchados, apoyados y valorados. Es vital crear espacios de diálogo y comprensión, donde puedan expresar sus emociones y problemas sin miedo al juicio o la reprimenda.
Finalmente, como sociedad, debemos replantearnos nuestras prioridades. ¿Queremos seguir fomentando una cultura de competencia y perfección inalcanzable, o podemos aspirar a una donde el bienestar emocional y la salud mental sean tan importantes como el éxito material? Es un cambio que requiere esfuerzo y compromiso, pero es esencial si queremos construir un futuro donde nuestros jóvenes elijan vivir en el mundo real y no solo en sus consolas y pantallas.
Así que, la próxima vez que vean a un niño o adolescente absorto en su videojuego, no se apresuren a juzgar. Pregúntense qué está buscando, qué está tratando de evitar. Y pregúntense, también, qué tipo de mundo estamos construyendo para ellos. ¿Es uno del que realmente querrían formar parte, o es uno del que buscan desesperadamente escapar?
Esta no es solo una reflexión amarga sobre el estado de nuestra juventud, sino un llamado a la acción. No podemos esperar que nuestros jóvenes vuelvan a un mundo que no les ofrece nada más que estrés, presión y falta de apoyo. La verdadera pregunta no es por qué se escapan a los mundos virtuales, sino por qué alguna vez querrían regresar al que hemos construido para ellos.