POR EL VIEJO GRUÑÓN
La tauromaquia mexicana, ese arte visceral que ha definido la identidad cultural de nuestro país por siglos, agoniza. Y no, no es solo culpa de los antitaurinos, las leyes restrictivas o el cambio en los gustos de la sociedad. Gran parte de la responsabilidad recae en los hombros de una nueva generación de empresarios taurinos, jóvenes que, con más entusiasmo que estrategia, han tomado las riendas de la fiesta brava y la están dejando deslizarse hacia un abismo de irrelevancia.
Estos nuevos rostros, que se jactan de modernidad, están fallando estrepitosamente en mantener viva una tradición que corre el riesgo de convertirse en un recuerdo.
En lugar de fortalecer el arraigo de la tauromaquia, sus esfuerzos parecen un intento desesperado por maquillar un modelo de negocio que se desmorona. ¿Corridas mixtas? ¿Festejos charro-taurinos? ¿Eventos culturales con toros de fondo? Todo suena a parches improvisados que no atacan el problema de raíz: la desconexión total con las nuevas generaciones y la incapacidad de adaptarse a un mundo que ya no espera a los rezagados.
La realidad es cruda: las plazas de toros en México están vacías. La Monumental de México, un ícono mundial, es un elefante blanco que apenas logra llenarse un puñado de veces al año, cuando la ley lo permitía.
Mientras en España las plazas como Las Ventas han sabido diversificar su uso —conciertos, eventos culturales, incluso ferias gastronómicas—, en México los cosos públicos están atrapados en licitaciones absurdas y regulaciones que los condenan a ser mausoleos de cemento.
Los jóvenes empresarios no han tenido la visión ni el colmillo para negociar con gobiernos o invertir en estrategias que hagan de las plazas espacios vivos. En cambio, se conforman con organizar corridas esporádicas que no logran ni cubrir los costos de traslado de las reses.
Y luego está el tema de los festejos menores. Los novilleros, esos chavales que sueñan con ser el próximo Diego Silveti o Joselito Adame, apenas tienen dónde torear.
Las empresas prefieren apostar por carteles repetitivos con las mismas figuras, en lugar de arriesgarse a foguear nuevos talentos. ¿El resultado? Una tauromaquia estancada, sin recambio generacional, mientras los antitaurinos celebran cada plaza que cierra.
No se puede ignorar el contexto, claro. Las reformas antitaurinas, como la de la Ciudad de México que prohíbe los instrumentos punzocortantes, son un golpe directo al corazón de la fiesta.
Pero culpar solo a los legisladores es una excusa fácil. Estos jóvenes empresarios han sido incapaces de construir un frente sólido, de cabildear con inteligencia o de movilizar a la afición para defender la tauromaquia.
En lugar de eso, se esconden detrás de movimientos como “Vive Libre tus Tradiciones”, que, aunque bienintencionados, no pasan de ser un grito romántico en un desierto de indiferencia.
¿Dónde está la estrategia digital para captar a los jóvenes? ¿Dónde están las campañas que expliquen el valor cultural, económico y ecológico de la tauromaquia? ¿Dónde está el diálogo con las autoridades para evitar que la fiesta sea desfigurada por leyes mal concebidas?
El impacto económico es otro clavo en el ataúd. La tauromaquia genera miles de empleos directos e indirectos, desde ganaderos hasta taquilleros, pero las empresas no han sabido vender este argumento.
En Aguascalientes, donde la Feria de San Marcos es un motor económico, las ganaderías enfrentan quiebras por la falta de corridas. Los empresarios jóvenes, con su falta de experiencia y visión a largo plazo, no han encontrado la fórmula para hacer rentable un espectáculo que, aunque costoso, tiene un potencial cultural y turístico inmenso. En lugar de aprender de modelos exitosos en España o Francia, se limitan a repetir las mismas fórmulas caducas de sus antecesores.
Es hora de decirlo sin rodeos: la tauromaquia mexicana está en peligro, y estos jóvenes empresarios, con sus buenas intenciones y nula ejecución, son parte del problema. La fiesta brava no morirá solo por los antitaurinos o las leyes; morirá si seguimos dejando su destino en manos de quienes no saben cómo salvarla.
La afición merece más que promesas vacías. Necesitamos empresarios con audacia, con estrategias claras y con la capacidad de hacer que la tauromaquia vuelva a ser un orgullo nacional, no un paciente en cuidados intensivos. De lo contrario, la próxima generación solo conocerá los toros en los libros de historia.
Y mejor ya me voy, porque no quiero que se me suba la presión y los médicos me regañen.



