COLUMNA EL VIEJO GRUÑÓN: Derechos de apartado, de lujo a ‘papel mojado’

La Plaza de Toros México, catedral de la tauromaquia en América, yace hoy bajo el yugo de una prohibición que no solo ultraja la tradición, sino que dinamita un pilar económico de la Ciudad de México. Los derechos de apartado, ese privilegio histórico que permitía a los aficionados asegurar su lugar en la Monumental, se han convertido en papel mojado, en un recuerdo burlado por la imposición de una ley que, bajo el pretexto de la defensa animal, despoja a la capital de una industria vibrante y de un legado cultural irremplazable. Es indignante.

La prohibición de las corridas de toros, aprobada por el Congreso de la Ciudad de México, no solo cercena el derecho de miles de aficionados a disfrutar de un espectáculo arraigado en nuestra identidad, sino que reduce a escombros una derrama económica que, según estimaciones, alcanzaba hasta 6 mil millones de pesos anuales.

¿Quién compensará a los trabajadores de la plaza, a los ganaderos, a los vendedores, a los artesanos que dependían de esta actividad? Nadie. La decisión, impulsada por una retórica progresista que ignora la realidad, condena a la miseria a familias enteras mientras los legisladores se regodean en su supuesta superioridad moral.

Los derechos de apartado, que alguna vez garantizaban un asiento en la fiesta brava, hoy son un símbolo de la impotencia. Esos boletos, codiciados por generaciones, no valen nada frente a la cerrazón de un gobierno que prefiere complacer a minorías ruidosas antes que respetar la libertad de elección.

La Plaza México, que por décadas fue escenario de faenas memorables, se convierte en un mausoleo silencioso, en un monumento a la intolerancia. Y mientras tanto, la ciudad pierde su posición como puente de negocios y epicentro cultural, una distinción que, durante diez años consecutivos, atrajo inversión extranjera y turismo.

No se trata solo de toros. Es una afrenta a la diversidad cultural, un golpe a la economía local y un desprecio a quienes, con su pasión, sostenían un ecosistema económico robusto. La prohibición, jaleada por activistas que no entienden el campo ni la tradición, no ofrece soluciones para los empleos perdidos ni para la riqueza que se esfuma.

¿Dónde está el plan para reactivar esa derrama económica? No existe. Solo hay discursos vacíos y una plaza vacía.

Basta de hipocresías. Si la Ciudad de México quiere recuperar su grandeza, debe revertir esta medida absurda. La tauromaquia no es solo un espectáculo; es un motor económico, un arte y un derecho que no merece ser sepultado por la miopía de unos pocos. La Plaza México clama por justicia, y los aficionados, por su libertad.