¿Coincidencia o premonición?

En el mundo taurino, donde la línea entre la vida y la muerte se difumina con cada pase, los toreros a menudo desarrollan un sexto sentido esotérico, un velo intuitivo que les susurra advertencias del destino. ¿Realidad paranormal o mera sugestión irracional? En las corridas, ese «medio profundamente irracional» –como lo describió el escritor Ignacio Solares en 1993– propicia fenómenos que desafían la lógica, desde aromas fantasmales hasta visiones premonitorias. Aquí, un recuento de sucesos que invitan a cuestionar lo oculto, sin alterar la esencia de los hechos.

El fatídico 29 de diciembre de 1940, en El Toreo de la Condesa, Alberto Balderas, el “Torero de México”, confió su temor a los micrófonos de Paco Malgesto: “Esta tarde tengo mucho miedo”. Minutos después, el toro “Cobijero” de Piedras Negras lo hirió de muerte. Balderas, quizá guiado por esa intuición que brota del constante roce con el más allá, apostó todo pese a las escasas probabilidades.

Efrén Acosta Baray, “El Loco”, picador legendario, experimentó un aroma etéreo a gardenias en dos ocasiones. La primera, en una lancha en Acapulco: ignoró el olor y naufragó, salvándose a nado. En noviembre de 2008, en una carretera estadounidense, el perfume regresó; tres minutos después, un tráiler invadió su carril y lo dejó sin brazo izquierdo. ¿Un mensajero espectral del peligro?

Ignacio Solares, en su artículo de 1993, citaba al doctor José Antonio Elizondo: “El doctor José Antonio Elizondo, que hizo el prólogo de mi libro ‘Delirium Tremens’ me permitió asistir a la comprobación de un caso de telepatía en el Centro Médico, me decía que es sobre todo en algún medio ‘profundamente irracional’ en donde más fácilmente pueden aparecer fenómenos paranormales”.

Y agregaba sobre las corridas: “Las corridas de toros no podían ser una excepción, ya que una de sus mayores virtudes es, precisamente, la irracionalidad. ‘¿Usted piensa el pase antes de darlo?’ le preguntaron alguna ocasión a Juan Belmonte, y respondió ‘Si lo pensara no lo daba y mejor salía corriendo. A mi el toreo me sale de aquí’, y con el puño se golpeó el pecho a la altura del corazón”.

AQUEL SUEÑO

Miguel Freg, torero mexicano en España, despertó aterrado el 12 de julio de 1914 tras soñar: “Soñé que un toro castaño me mataba esta tarde”, le dijo a su hermano Alfredo. Desestimaron el presagio, pese a una mujer en llamas en la calle y una espada voladora que mató a un aficionado esa mañana. En la plaza de Madrid, “Saltador” lo corneó mortalmente en el cuello.

José Gómez Ortega “Joselito el Gallo”, invencible en leyenda, chocó en un tren rumbo a Talavera de la Reina en 1920 con un extraño que gritó: “Ojalá que te mate un toro”. “Bailaor” de Viuda de Ortega cumplió el augurio con una cornada ventral fatal. Su banderillero Enrique “Blanquet” olía cera quemada antes de tragedias: ante “El Gallo”, ante Manuel Granero (corneado dantescamente por “Poca Pena” en 1922) y ante Ignacio Sánchez Mejías en 1926 –donde nadie murió en el ruedo, pero “Blanquet” sucumbió a un infarto en el tren de regreso, presintiendo su propia fin.

Manuel Rodríguez “Manolete” veía meses antes de Linares 1947 a un hombre de gris en los tendidos, increpándolo; nadie más lo percibía. El clarín de Francisco Hidalgo sonó extraño esa tarde: “No, señor, no sonó el clarín aquel día de una forma normal. A mi me sonó de muy distinta forma. Me salió de otra manera el aire. Me suponía que algo iba a pasar. Puede ser una superstición, pero así ocurrió aquella tarde”. “Islero” de Miura lo mató.

Carteles malditos persiguen la tauromaquia. El 26 de septiembre de 1984 en Pozoblanco: Francisco Rivera “Paquirri” (cornada mortal por “Avispao”), José Cubero “Yiyo” (muerto un año después por “Burlero”) y Vicente Ruiz “El Soro” (lesionado gravemente). En México, 1940 en La Condesa: Balderas muerto; José González “Carnicerito de México” falleció en 1947 por “Sombrereiro” en Portugal.

EL COLOSO

Jorge Gutiérrez, “Coloso de Tula”, llegó irritable a un hotel equivocado; una gota de su sangre manchó la taleguilla nueva. Jesús Martínez, su mozo, relató: “En la enfermería fui yo quien le quitó la taleguilla a Jorge. Fue algo muy curioso pues no creas que la taleguilla tenía un boquetote, no para nada. Era apenas un hoyito, justo donde a la hora de vestirse había caído la gota de sangre”. “Berrinches” de Garfias le infirió una cornada grave. Martínez minimizó: “Fue una coincidencia, no más […] el resto importancia a esta coincidencia, nada de supersticiones”.

Enrique Espinoza “El Cuate”, en Ovaciones del 7 de marzo de 2006: “Ya pasó lo que tenía que pasar. Antes de viajar a la capital les dejé mucha comida a mis peces […] ‘¿no es mucha comida?’ y le dije que era por si no volvía pronto”. “El día del festejo pensé en llevarme un pantalón de pants […] porque sentía algo raro […] yo sabía que sería una tarde de orejas o cornada, aunque intuí la cornada”.

LA CAMILLA

José Rubén Arroyo debutó como novillero en Plaza México el 16 de agosto de 1997; una camilla se deslizó sola al quirófano durante revisión. Regresó corneado: “Jamás me imaginé que poco después regresaría a la enfermería con una cornada en la pantorrilla. Cuando recordé que la camilla se deslizó hasta el quirófano tuve la rara sensación de que algo me dijo por adelantado que sería operado en ese lugar”.

En este baile con lo irracional, toreros buscan amuletos: religión o supersticiones como voltear la montera para evitar el «ataúd vacío». ¿Presagios del destino o ecos del subconsciente? La arena guarda sus misterios.