En sus días de gloria, la Plaza de Toros El Relicario brilló como una reina de la antigüedad, codeándose con las grandes plazas de México y albergando a leyendas como David Silveti, Eloy Cavazos, Julián López “El Juli”, Pablo Hermoso de Mendoza, el consentido local Rafael Ortega y Uriel Moreno “El Zapata”, quien acumuló el mayor número de actuaciones en su ruedo. Inaugurada el 19 de noviembre de 1988 por el empresario José Ángel López Lima en la zona de Los Fuertes de Loreto y Guadalupe, Puebla, surgió como un hogar definitivo para la afición taurina tras el cierre del antiguo Toreo en 1973.
Sin embargo, hoy solo quedan los recuerdos: la fiesta brava llevaba años en declive desde 2016, agravado por festejos nocturnos que desvirtuaron su ritual solar ancestral y por la presión animalista, mientras el domingo 4 de enero de 2026 inició su demolición, no solo derribando concreto, sino cerrando una era que ya se apagaba en Puebla; aunque la estructura desaparece, su historia —de identidad, tardes eternas y lenguaje propio en la tauromaquia poblana— permanecerá intacta.
En sus días de gloria brilló como una reina de la antigüedad, pues El Relicario se codeó con las grandes plazas de toros de México.
Hoy, de aquello sólo quedan los recuerdos.
Así que, sin entrar en la polémica sobre si su cierre —con demolición ya en marcha— era necesario ante el discurso animalista, lo cierto es que el fin del Relicario marca el cierre de una era. Una que, en Puebla y en el estado, llevaba años apagándose.
La fiesta taurina, en realidad, llevaba desapareciendo desde el 2016 (o antes) … año desde el cual las corridas en El Relicario vinieron de a menos.
El mandatario señaló que la liquidación anticipada permitirá que se dejen de destinar 500 millones de pesos cada año para abonar a la deuda
No obstante, el arranque de su demolición, el domingo cuatro de enero, no sólo derriba concreto: también abre el capítulo final de una historia escrita por figuras que dejaron huella.
Por su ruedo pasaron leyendas como David Silveti, Eloy Cavazos, Julián López “El Juli” y Pablo Hermoso de Mendoza. Cada uno hizo lo suyo. Cada uno aportó para que, en sus días de gloria, El Relicario brillara como una reina de la antigüedad.
Es cierto, la construcción se va, pero nunca lo harán sus recuerdos como el día de la apertura el 19 de noviembre de 1988 gracias al empuje y deseo del empresario José Ángel López Lima, el padre del coso.
Dicha fecha no sólo marcó la apertura de puertas del Relicario, también le dio una casa, una identidad a los taurinos de Puebla que hasta entonces “vagaban” o celebraban corridas donde se pudiera desde 1973 tras el cierre del Toreo; sí, aquella plaza ubicada en la 19 Sur entre 9 y 11 Poniente, que llegó a acoger hasta 14 mil espectadores.
Hace 38 años, ese 19 de noviembre, David Silveti triunfó. Luego vino un mano a mano gigantesco entre Eloy Cavazos y José Miguel Arroyo “Joselito”.
El coso de los Fuertes de Loreto y Guadalupe tampoco se entendería sin el matador Rafael Ortega, consentido de la afición y de la plaza.
Al igual y como Uriel Moreno, “El Zapata”, el matador con mayor número de actuaciones en El Relicario. Sus presentaciones en Puebla sólo confirmaban el cariño de la afición taurina a su figura, pero también de la predilección por sus actuaciones.
En el 2004 comenzaron a predominar los festejos nocturnos, desvirtuando los toros como ritual solar. Sí, la fiesta taurina es heredera de cultos antiquísimos donde el sol, la vida y la muerte se amarraban en un mismo acto.
El toro, animal solar por excelencia, se sacrificaba al mediodía o al caer la tarde… cuando el sol está en su punto más alto o comienza su descenso.
Por lo que la corrida reproduce, simbólicamente, el viaje del sol: salida del toro-amanecer; la lidia-el sol en lo alto, el combate; la estocada, la muerte para que el ciclo continúe.
De ahí que la hora taurina no sea un capricho. Pero en Puebla, a partir de este siglo, el negocio negó el ritual de la fiesta.
Así, entre el sol que una vez marcó el ritmo de la lidia y las noches que terminaron por vaciarla de sentido, El Relicario se ha ido o ha comenzado a extinguirse con su demolición.
Aunque, en realidad, no se va como una plaza cualquiera, sino como un recinto que dio identidad, tardes eternas y un lenguaje propio a la tauromaquia en Puebla. El concreto caerá. La historia, no.



