Mientras en las plazas de España, México, Colombia o Perú se sigue respetando —aunque se le dé muerte— la nobleza, la bravura y la jerarquía del toro de lidia, en Estados Unidos han encontrado la forma perfecta de faltarle al respeto al mismo animal: lo convierten en un simple accesorio de circo para ganar dólares y likes en redes.
Se llama Ultimate Bullfighters (UBF) y se autodenomina “la propiedad de deportes occidentales de más rápido crecimiento”. En 2026 repartirán más de un millón de dólares en premios a lo largo de más de 50 eventos. Suena impresionante… hasta que ves de qué se trata realmente.
En el UBF no hay faena, no hay arte, no hay toreo. Hay hombres jóvenes haciendo acrobacias, saltos mortales y piruetas para esquivar a un toro durante 60 segundos. No usan muleta, no citan, no miden la bravura, no dominan al animal con inteligencia y temple. Solo corren, saltan sobre barriles y celebran como si hubieran domado a la bestia. Al final, el toro se va intacto al corral… ¿y eso es un triunfo?
Aquí viene la parte más grave: usan toros de lidia criados durante siglos para ser bravos, nobles y con una genética única. Animales que en una plaza de toros tradicional merecen respeto incluso en su muerte.
En el UBF los convierten en payasos de rodeo. Los sacan a hacer el ridículo para entretener a familias que van a ver “un show familiar” entre carreras de dragsters o en el Cowtown Coliseum.
Les quitan la dignidad que sí se les reconoce en la tauromaquia clásica.
En la corrida de toros tradicional el toro bravo es el protagonista absoluto. Se le cría en dehesas amplias, se le selecciona por su bravura, se le lidia con arte y, cuando llega el momento, se le da muerte de forma reglamentada. Se le respeta su condición de rey de la fiesta.
El torero arriesga la vida de verdad, no haciendo volteretas, sino parándose delante, citándolo y dominándolo con la muleta y el estoque. Hay una relación ritual, una confrontación de inteligencias y coraje que ha dado lugar a obras de arte, música y literatura durante siglos.
En cambio, en el freestyle bullfighting americano todo es espectáculo vacío. No hay drama, no hay tragedia, no hay respeto profundo. Es puro entretenimiento de circo: “mira cómo esquivo al toro sin que me toque”.
Al toro no se le honra ni siquiera matándolo con decoro; simplemente se le usa como un atracción más, como un toro mecánico con cuernos de verdad. Y luego lo devuelven al corral para que lo saquen otra vez el fin de semana siguiente. ¿Eso es progreso? ¿Eso es “evolución del deporte”?
Los defensores del UBF dirán que “no matan al toro, por lo tanto es más ético”. Mentira cómoda. Lo que hacen es despojarlo de su esencia. El toro bravo nace para ser lidia, para medirse con el hombre en un duelo ancestral.
Negarle ese destino y convertirlo en un simple elemento de acrobacia barata es, en muchos sentidos, una falta de respeto mayor que darle muerte con honor en la arena.
Mientras en España y México la tauromaquia sigue defendiendo la crianza del toro bravo, la dehesa, la selección genética y toda una cultura milenaria, en Estados Unidos lo reducen a un show de adrenalina rápida para vender entradas y patrocinios. Un millón de dólares en premios… pero ¿a qué precio? Al precio de trivializar al animal más noble del campo bravo.
El toro de lidia merece algo más que ser un accesorio para que un chico haga saltos mortales y cobre un cheque. Merece la plaza, el silencio antes de la faena, el “olé” sincero del público entendido y, sí, también la muerte digna que cierra el ciclo de su bravura.
Ultimate Bullfighters no es la “evolución” de nada. Es la versión light, comercial y descafeinada de algo que en su forma original tiene alma, riesgo, arte y respeto. Mientras ellos siguen llenando coliseos con piruetas, la tauromaquia tradicional sigue defendiendo lo que realmente importa: la bravura pura del toro y la grandeza del toreo de siempre.
Porque al toro bravo se le puede matar… pero nunca se le debe faltar al respeto.



