Columna Alternativa: Arriesgar afuera del ruedo

Arriesgar afuera del ruedo

Gustavo Mares

Debido no sólo a la pandemia que atraviesa el mundo y que nos ha llevado a vivir en una ‘nueva normalidad’, la manera de hacer la tauromaquia ha cambiado. Desde antes de la crisis sanitaria la fiesta brava dejó de ser lo que era.

El concepto de las grandes casas de apoderamiento es relativamente nuevo en nuestro país. Hasta hace no mucho tiempo todo se manejaba en torno a la persona del apoderado. En las ‘Grandes Ligas del Toreo’ un triunfo en la México representaba más dinero para el torero en cuestión para la repetición; ocurría todo lo contrario si vivían una tarde aciaga.

Después, las empresas fueron haciendo a un lado los representantes para ser éstas mismas las que llevaran los poderes de los toreros. Esta evolución ha beneficiado a unos y perjudicado a otros.

Así llegamos a nuestros días en los que además de la pandemia, los toreros –por lo menos los de nuestro país- no se embolsan las grandes suman que solían meterse matadores de toros hoy en el retiro.

En el mundo de la tauromaquia hay toreros ‘de tiempo completo’ y hay los que dividen su horario en otras actividades, algunas empresariales que generan empleos, y otras más modestas. Pero todas con el objetivo de subsistir en el ‘ruedo de asfalto’.

Pocos son los toreros de nuestro país que pueden presumir que hoy día ‘viven del toro’.

Lo anterior, aunado a la enorme afición que atesoran, les ha llevado en más de una ocasión a partir plaza en escenarios en los que las condiciones para atender una urgencia médica son escasas o nulas.

Algo parecido aconteció hace un par de semanas en Cadereyta, Nuevo León, donde hubo una corrida de toros montada por el diestro regio Enrique Garza. Festejo en el que el picador de toros potosino Eduardo Noyola ‘El Morucho’ sufrió una cornada en la corva izquierda, que lo mantiene inactivo. El potosino tenía la intención de reaparecer el día 12 en la México, pero debido a la pésima atención médica que recibió en suelo norteño, tuvo que ser operado de emergencia en su tierra natal.

La historia del percance es: Tras la cornada, lo metieron a un cuarto vacío, que fungía de ‘enfermería’. Un aficionado, que es paramédico, le puso un torniquete y de ahí se fue a una clínica de Cadereyta, donde la atención fue nula. Lo llevaron a Monterrey, lo suturaron como si hubiera sido un ‘navajazo’ y no cornada. Lo mandaron de regreso a casa.

Después de lo acontecido llama la atención que ninguna de las tres asociaciones de toreros se haya pronunciado al respecto. Es también de subrayar el hecho de que no exijan a las empresas que muestren una póliza de servicios de gastos médicos, que garantice las primeras 24 horas de atención si un torero cae herido.

No se trata de ‘satanizar’ a una empresa o a una agrupación. Se trata de evitar una tragedia, porque todos los que están en el ruedo ponen en riesgo su vida. Una res brava, sin importar catadura, hace daño y mucho. Al gran diestro Antonio Bienvenida lo mató una vaquilla.

El riesgo de muerte en una plaza de toros es real. Está patente en cada tarde. Eso hace apasionante este espectáculo tan controvertido. Pero no es justo que los participantes salgan ‘a la buena de Dios’ sin un respaldo médico adecuado por la profesión que ejercen.

Si la terrible cornada que sufrió en la México el gran rehiletero Mauricio Martínez Kingston hubiera sido en Cadereyta aquel día, la historia habría sido otra.

Las agrupaciones deberían de velar por los intereses de sus agremiados. Pero si los sindicatos no lo hacen, tendrán que ser en lo particular cada uno de los toreros los que hagan un examen de consciencia hasta dónde vale la pena arriesgar más allá del ruedo.

Para finalizar, la pregunta de la semana: ¿Y qué tal, las puyas nuevas?