MADRID.- La Plaza de Las Ventas registró un lleno en el marco de la Corrida de la Hispanidad. Se lidiaron toros de Garcigrande, Toros de Cortés y Victoriano del Río, muy desiguales de hechuras, volúmenes y remates.
Manuel Jesús ‘El Cid’, ovación y un aviso; Alejandro Talavante, silencio y aviso tras división de opiniones; el mexicano Isaac Fonseca, un aviso y palmas tras un aviso.
EL FESTEJO
El valor y el corazón del mexicano Isaac Fonseca, que saludó la ovación más justificada de la tarde, no acabó de salvar una tarde en la que cinco de los seis toros que remendaron la corrida inicial de Cuvillo ofrecieron francas opciones de triunfo que ni el propio Fonseca y ni mucho menos El Cid ni Talavante acabaron de aprovechar.
La tarde no apuntaba bien de partida. Primero por el sinsabor de la baja de Morante, por mucho que la empresa tratara de «arreglar» el cartel con el regreso de uno de los hijos pródigos de Madrid, El Cid, que llegaba a este 12 de octubre con solo dos paseíllos a sus espaldas en el año de su muy discreta reaparición.
Pero tampoco ayudó el baile de corrales previo, con el envío de Cuvillo de vuelta al campo y hasta tres hierros diferentes para remendar lo que parecía ser una limpia de cercados ante las casi 24.000 almas que abarrotaron la Monumental madrileña.
Pero, lo que son las cosas, entre semejante «outlet» bovino (la presencia fue de lo más desigual) prácticamente todos los astados ofrecieron mucho más para que los titulares de la tarde hubieran marchado por otros derroteros bien distintos.
Y es que cinco de los seis que salieron de chiqueros debieron ser arrastrados sin varias de sus orejas puestas a poco que los de luces, unos con más demérito que otros, hubieran tirado de verdad la moneda.
Uno de los más completos fue el tercero, un buen ejemplar de Toros de Cortés con el que Isaac Fonseca, valiente a carta cabal y muy generoso con el astado, sin embargo, evidenció sus carencias artísticas.
Porque toreó bien el mexicano de capote y hasta llevó la congoja al tendido cuando, de rodillas, se lo dejó venir de largo en la apertura de faena para, sin moverse ni un centímetro, pegarle un escalofriante cambiado por la espada. Pero en lo fundamental faltó un plus más de apuesta, porque, por mucho que le ligó los muletazos por uno y otro pitón, aquello no pasó de correcto.
Y más o menos lo mismo con el «anovillado» sexto, aunque este si tendía a meterse más por los dos pitones, lo que propició que en una de las primeras tandas le pegara a Fonseca una voltereta de espanto, prendiéndole nuevamente en el suelo por la chaquetilla en unos momentos de verdadera angustia.
Con la plaza sobrecogida de más -parecía que nunca habían visto una voltereta- el mexicano, con la cara y el vestido totalmente ensangrentado, aprovechó ese fervor para sacar a relucir su toreo más tremendista. Y es que a corazón pocos le ganan a este torero, que hace lo sabe hacer y no engaña a nadie.
Otro toro con francas opciones lo sorteó El Cid en cuarto lugar. El de Salteras hizo albergar ciertas esperanzas con dos primeras tandas ligadas y muy verticales a derechas, aprovechando las inercias del de Victoriano, pero cuando tuvo que ponerse de verdad y tirar de él, le rebasó un mar de dudas e inconcreciones que hicieron que aquello se disipara totalmente.
Pero es que su primero, de Garcigrande, justito de fuerzas pero con una calidad inmensa, tuvo doce o quince arrancadas más que potables para haber puesto la plaza patas arriba, y el sevillano se limitó a pasarlo con suavidad en una faena muy medida en la que brilló únicamente en una exquisita tanda al natural.
Y Talavante, breve con un tercero feo y poca raza, volvió a mostrar más frente al buen quinto la desdibujaba imagen que viene ofreciendo desde que el año pasado volvió a los ruedos. Todo muy ligero, demasiado mecánico y con muy pocas sutilezas, vendiendo una puesta en escena nada más que aparente y en la que parece haber perdido ese temple y esa hondura que tanto le caracterizó ¿Dónde ha quedado aquel Talavante que se fue y nunca volvió?



