Un poco de historia
Gustavo Mares
Desde el rincón más amargo de mi viejo escritorio, con el teclado a punto de sucumbir bajo el peso de mis ásperas manos, me dispongo a hablar de un tema que ha sido tan celebrado como denigrado: las corridas de toros en nuestro hermoso y caótico país.
Sí, esas mismas, el espectáculo de sangre y arena que ha cautivado a multitudes durante siglos. Y aunque muchos me tildarán de retrógrado y anticuado, no puedo más que expresar lo que bulle en mi interior.
México, con su rica historia y cultura, ha sido desde tiempos inmemoriales un ferviente defensor y promotor de la tauromaquia. Las plazas de toros se han convertido en templos de pasión, en los que los toreros, con sus trajes de luces, desafían a la muerte en un danzón macabro y artístico. ¿Qué sería de la Ciudad de México sin su emblemática Plaza México, el coso taurino más grande del mundo? Una sombra de su glorioso pasado, eso sería.
Las corridas de toros han sido una fuente inagotable de inspiración para artistas, escritores y músicos a lo largo de los años. Han generado empleo, turismo y, sí, también han llenado los bolsillos de unos cuantos astutos empresarios. Pero no podemos ser tan miopes y despreciar la tradición por completo. México ha sabido hacer de la tauromaquia un espectáculo único, impregnado de su propia historia y misticismo. En esta columna, hablaremos de algunas de las corridas de toros más históricas en este país, esas que han dejado una huella imborrable en la cultura mexicana.
Basta ya de rodeos y comencemos. Hagamos un viaje al pasado, al año 1529, cuando la Nueva España celebró su primera corrida de toros registrada en lo que hoy conocemos como el Zócalo de la Ciudad de México. ¿Se imaginan eso? Siete toros corriendo en honor a San Hipólito, y dos de ellos siendo donados a hospitales y asilos. Eso, señores, es historia viva, y es el comienzo de nuestra relación con la tauromaquia, pero al mismo tiempo marca la pauta del espíritu altruista de este noble arte de lidiar reses bravas.
Y sí, incluso en medio de la Guerra de Independencia, las corridas de toros seguían su curso. Puede que no fueran el centro de atención en los registros de la época, pero seguían siendo parte del tejido social. Hasta Miguel Hidalgo, líder insurgente y criador de toros bravos, era un aficionado y tenía ganadería de toros bravos.
En 1835, Bernardo Gaviño, un torero español, llegó a la Ciudad de México, dejando una marca indeleble en los toreros locales. Fue amado, admirado y murió haciendo lo que amaba, toreando en Texcoco.
Eso, amigos míos, es pasión.
Y no podemos olvidar la Plaza de ‘El Volador’, inaugurada en 1808. ¿Los Ávila? Los hermanos Sóstenes y Mariano figuraron como espadas en su inauguración. Eso es historia y tradición en su máxima expresión.
Avancemos al siglo XX, donde toreros mexicanos como Rodolfo Gaona y Luis Freg se codeaban con los mejores españoles. Vicente Segura y Eligio Hernández tomaron la alternativa en 1907, marcando el inicio de una nueva era para la tauromaquia en México.
La historia del toreo es amplia y el espacio en el ‘ruedo de papel’, breve.
Hasta aquí, el recuento que deja muchas cosas en el tintero. Es increíble que tanta historia quiera ser borrado por mentes de políticos oportunistas. En fin.
Para finalizar, la pregunta de la semana: ¿Regresa Enrique Ponce en 2024?



