Columna EL VIEJO GRUÑÓN: La encrucijada de Portugal y México

¿Corridas de toros sin muerte? La encrucijada de Portugal y México

Por EL VIEJO GRUÑÓN

La tauromaquia, arte y tradición para unos, símbolo de crueldad para otros, enfrenta un momento decisivo en su historia. En un mundo cada vez más sensibilizado por el bienestar animal, la pregunta resuena con fuerza: ¿es posible mantener las corridas de toros sin matar al animal? Portugal, con su modelo de tauromaquia sin muerte en el ruedo, y México, con su reciente reforma para transformar la Plaza de Toros México en un espacio de “espectáculos taurinos libres de violencia”, ofrecen dos laboratorios para responder a esta interrogante. Sin embargo, las experiencias de ambos países revelan que la respuesta no es tan sencilla como un sí o un no: implica un equilibrio delicado entre tradición, ética y viabilidad cultural.
En Portugal, las corridas de toros, conocidas como touradas, se han practicado durante siglos sin el sacrificio público del animal. El toro, tras ser lidiado, regresa vivo a la ganadería, y el espectáculo culmina con la intervención de los forcados, un grupo que inmoviliza al toro a mano limpia en un acto de valentía colectiva. Este modelo, que prohíbe el uso de instrumentos punzantes como banderillas o espadas, ha permitido a la tauromaquia portuguesa sobrevivir en un contexto donde la sensibilidad animalista gana terreno. Sin embargo, no está exenta de críticas: los toros, aunque no mueren en la plaza, enfrentan estrés severo y lesiones, y muchos son sacrificados posteriormente fuera del ruedo por cuestiones prácticas o sanitarias. Además, la tourada portuguesa, con su enfoque en la doma y la exhibición, carece del dramatismo y la narrativa de vida o muerte que define la corrida tradicional, lo que para algunos puristas la despoja de su esencia.
En México, la Ciudad de México ha dado un paso audaz con la reforma aprobada en marzo de 2025, que prohíbe herir o matar a los toros en la Plaza México y establece un nuevo formato de espectáculos sin violencia. Los toros, con protectores en los cuernos, podrán estar en el ruedo un máximo de 15 minutos, y deberán regresar vivos a sus ganaderías. La jefa de Gobierno, Clara Brugada, defiende esta transformación como una evolución cultural que respeta la tradición taurina mientras elimina el sufrimiento animal. Pero el sector taurino no comparte este entusiasmo. Toreros y ganaderos advierten que un espectáculo sin los elementos de riesgo y sacrificio —banderillas, puyas, estocadas— se asemeja más a una exhibición de toreo de salón que a una corrida de toros. Raúl Pérez Johnston, del Comité Jurídico de Tauromaquia Mexicana, lo resume con claridad: “Esto no es tauromaquia, es otra cosa”. Además, la logística plantea retos enormes: reintegrar toros lidiados a las ganaderías implica riesgos sanitarios y de comportamiento, y el traslado entre entidades federativas puede ser un rompecabezas.
Ambos casos, el portugués y el mexicano, comparten un objetivo: adaptar la tauromaquia a un mundo que cuestiona la violencia contra los animales. Pero también comparten un desafío: convencer a los aficionados de que el espectáculo sigue siendo relevante. En Portugal, las touradas han mantenido un público fiel, aunque más reducido que en países con corridas tradicionales, como España o México. Sin embargo, el experimento mexicano está en pañales, y su éxito dependerá de cómo se implemente durante el período de transición hasta octubre de 2025. La experiencia de las Islas Baleares, en España, donde una reforma similar en 2017 fracasó tras dos años por falta de interés, es un recordatorio de que el público taurino busca algo más que una danza estética con el toro: busca una narrativa de desafío, riesgo y, sí, tragedia.
Los defensores de estas reformas argumentan que la tauromaquia puede reinventarse como un arte puramente estético, centrado en la destreza del torero y la belleza de los muletazos, sin necesidad de sangre. Una encuesta de Enkoll para EL PAÍS (marzo de 2025) muestra que el 66% de los mexicanos apoya los espectáculos taurinos sin violencia, lo que sugiere un respaldo social para esta transformación. Pero los detractores, tanto taurinos como antitaurinos, coinciden en un punto: la tauromaquia sin muerte pierde parte de su identidad. Para los primeros, el toreo es un ritual donde la muerte del toro simboliza la lucha entre el hombre y la naturaleza; para los segundos, cualquier forma de lidia, incluso sin sacrificio, perpetúa el estrés y la explotación animal.
Entonces, ¿es posible? Técnicamente, sí. Portugal lo demuestra, y México está decidido a intentarlo. Pero la verdadera pregunta es si estas nuevas formas de tauromaquia pueden preservar el alma de la fiesta brava y mantener su lugar en el imaginario cultural. La respuesta no está en las plazas, sino en los tendidos: serán los aficionados, con su presencia o su ausencia, quienes decidan si la tauromaquia sin muerte es una evolución o una sombra de lo que fue. Mientras tanto, en Lisboa y en la Ciudad de México, el toro sigue siendo el espejo de nuestras contradicciones, desafiándonos a decidir qué tradiciones merecen sobrevivir y a qué costo.