Mientras la violencia desborda las calles de Puebla, las autoridades locales desvían su atención para atacar la tauromaquia, una tradición cultural profundamente arraigada. El pasado sábado, un festival taurino benéfico en Chipilo, destinado a apoyar a niños con cáncer, fue interrumpido por la policía tras las quejas de una escaramuza y su familia, en un acto que los aficionados calificaron como un atropello impulsado por la intolerancia antitaurina.
El cartel incluía a los matadores Rafael Gil “Rafaelillo”, José Luis Angelino, Jesús Amaro, Hidalgo García y Manuel Luviano, quienes lidiarían astados de la ganadería Raúl Cervantes.
El evento, que también celebraba la charrería con la participación de la Escaramuza Charra local, buscaba enaltecer las tradiciones mexicanas. Sin embargo, el festejo se vio truncado cuando una integrante de la escaramuza y su familia, desde el tendido, profirieron insultos contra los aficionados y alertaron a la policía, que irrumpió para suspender la corrida.
José Luis Angelino, quien abrió plaza tras recibir un permiso especial por otro compromiso en Apizaco, y “Rafaelillo”, que actuó en segundo lugar, lograron torear antes de la interrupción.
Los demás toreros se quedaron sin actuar, pero los organizadores ya planean reprogramar el evento para garantizar que los diestros puedan presentarse y la causa benéfica no quede en el olvido.
Este nuevo ataque contra la tauromaquia evidencia la hipocresía de sectores antitaurinos que, bajo el pretexto del bienestar animal, ignoran el trasfondo cultural y social de estos festejos. Mientras las autoridades de Puebla hacen la vista gorda ante la inseguridad que azota la entidad, persiguen con saña expresiones como la tauromaquia y la charrería, que son patrimonio cultural de México.
La intolerancia de unos pocos, respaldada por funcionarios que prefieren la demagogia a la solución de problemas reales, no solo coarta la libertad, sino que atenta contra iniciativas solidarias como la de Chipilo.
Los organizadores y aficionados exigen respeto a sus tradiciones y anuncian que no cederán ante la presión de los antitaurinos, cuya agenda parece más interesada en imponer su visión que en dialogar. La tauromaquia, lejos de ser un acto de crueldad, es un arte que une comunidades y, en este caso, apoya causas nobles. La lucha por su defensa apenas comienza.
Y mientras la delincuencia toma las calles poblanas, así la policía que pagamos de nuestros impuestos:



