Columna El Viejo Gruñón: Tauromaquia mexicana, entre el hambre de Spota y la modernidad fracturada

Tauromaquia mexicana, entre el hambre de Spota y la modernidad fracturada

Por El Viejo Gruñón

La novela Más cornadas da el hambre de Luis Spota, publicada en 1950, es un retrato crudo y visceral de la tauromaquia mexicana en una época donde el toreo era más que un arte: era un grito de supervivencia. A través de las vidas ficticias de toreros como Jesús “El Ciego” Muñoz y Ramón Ortega, Spota desnudó las entrañas de un México donde el hambre, la pobreza y la ambición empujaban a los jóvenes a jugarse la vida frente al toro. En aquella época, la plaza era un escenario de redención social, un espacio donde el valor podía transformar a un jornalero en héroe, aunque a menudo a un costo brutal. Pero, ¿cómo se compara esa tauromaquia de los años 40 y 50 con la que vivimos en México en 2025? Las diferencias son tan marcadas como desoladoras, pero el espíritu de lucha persiste, aunque bajo nuevas sombras.
En la época de Spota, los toreros emergían de los estratos más humildes, donde la tauromaquia representaba una de las pocas puertas para escapar de la miseria. Los novilleros, como los personajes de la novela, toreaban en plazas de pueblo con trajes prestados, enfrentando toros muchas veces mal presentados, sin más garantía que su propia temeridad. No había academias taurinas formales, ni redes sociales para proyectar una imagen, ni patrocinadores corporativos. La plaza era un microcosmos de la lucha de clases: el torero, un gladiador del pueblo, se medía contra un toro que simbolizaba tanto la adversidad como la oportunidad. Las cornadas eran frecuentes, los honorarios magros y la gloria efímera. Sin embargo, la afición era vibrante, con plazas llenas y un público que vivía el toreo como una extensión de su identidad.
Hoy, en 2025, la tauromaquia mexicana enfrenta un panorama radicalmente distinto, marcado por una crisis existencial. La prohibición parcial en la Ciudad de México, que limita la lidia a un espectáculo de diez minutos sin banderillas ni estocada, refleja un país dividido entre la tradición y la presión de la corrección política. Mientras en los 50 el torero luchaba contra el hambre, hoy lo hace contra la censura y el desdén de una sociedad que, en parte, ha dejado de entender la Fiesta Brava. Las plazas, como la Monumental de México, ya no se llenan con la misma frecuencia, y la asistencia se concentra en ferias grandes como la de San Marcos en Aguascalientes. La tauromaquia ha perdido terreno frente a otros entretenimientos, y la narrativa antitaurina, amplificada por redes sociales, ha ganado fuerza, especialmente entre las generaciones más jóvenes.
Otro contraste notable es la profesionalización del toreo. En la época de Spota, los toreros se formaban en la calle, en tentaderos improvisados o en capeas de pueblo. Hoy existen academias taurinas, como la de Aguascalientes, que ofrecen formación técnica, pero el acceso a estas oportunidades suele estar restringido a quienes cuentan con recursos económicos. Los novilleros actuales, a diferencia de los de antaño, enfrentan un mercado taurino dominado por un puñado de figuras consolidadas, con pocas empresas dispuestas a apostar por nuevos talentos. Como señalé en una reflexión previa, “los novilleros que hogaño ‘parten el queso’ son los que tienen el poder adquisitivo para forjarse del otro lado del Atlántico”. Esta barrera económica ha reemplazado al hambre como el principal obstáculo para los aspirantes.
Además, la relación con el toro ha cambiado. En los años 50, el toro de lidia era un animal impredecible, criado en condiciones rústicas, lo que añadía un riesgo adicional a cada faena. Hoy, la ganadería está más controlada, con dehesas que producen toros de características más predecibles, aunque no exentos de bravura. Sin embargo, la polémica sobre el bienestar animal ha puesto en jaque la existencia misma del toro de lidia, con proyecciones que advierten su posible extinción para 2027 si las prohibiciones avanzan. En la época de Spota, nadie cuestionaba la ética de la lidia; hoy, cada corrida es un acto de resistencia cultural frente a un activismo que, aunque bienintencionado, ignora la vida digna que lleva el toro bravo en el campo comparada con los animales de la industria cárnica.
El México de Más cornadas da el hambre era uno donde la tauromaquia era un reflejo de las desigualdades sociales, pero también un vehículo de esperanza. En 2025, la Fiesta Brava es un arte asediado, defendido por una afición cada vez más reducida pero apasionada. La pobreza que Spota describía ha sido sustituida por una lucha ideológica, donde el torero no solo enfrenta al toro, sino también a una sociedad que lo juzga. Sin embargo, la esencia del toreo —el valor, la entrega, el arte efímero— sigue intacta. La tauromaquia mexicana necesita un frente unido de ganaderos, toreros y aficionados para sobrevivir, recordando que, como en los tiempos de Spota, las cornadas más dolorosas no siempre vienen del toro, sino de la indiferencia o el abandono.