Columna El Viejo Gruñón: La Fiesta Brava, Contraste entre México y Francia

POR EL VIEJO GRUÑÓN

La tauromaquia, o fiesta brava, es un arte arraigado en la historia y la cultura de diversos países, pero su presente y futuro muestran realidades opuestas en México y Francia. Mientras en suelo galo se consolida como una industria próspera, en México enfrenta una crisis que amenaza con su desaparición. Este contraste invita a reflexionar sobre las diferencias culturales, económicas y sociales que moldean el destino de esta tradición en ambas naciones.

En Francia, la tauromaquia goza de un estatus privilegiado, especialmente en el sur, en regiones como Nîmes, Arles y Bayona. Allí, las corridas de toros no solo son un espectáculo, sino un motor económico significativo. Las plazas llenas, los festivales taurinos como la Feria de Nîmes y el apoyo gubernamental a través de subsidios y promoción cultural aseguran su vitalidad. La industria genera empleos directos e indirectos: ganaderos, toreros, banderilleros, personal de plazas, hoteleros y restauranteros se benefician de un calendario taurino robusto. Además, el público francés, junto a turistas internacionales, valora la tauromaquia como una expresión artística, comparable a la ópera o el teatro, lo que la protege frente a críticas. Incluso en el plano legal, la Corte Constitucional francesa ha reconocido su valor cultural, excluyéndola de leyes contra el maltrato animal en las regiones donde es tradición.

En México, la realidad es distinta y preocupante. Pese a una rica historia taurina, con plazas icónicas como la Monumental de México y figuras legendarias como Rodolfo Gaona o Silverio Pérez, la fiesta brava atraviesa un declive. Las corridas enfrentan oposición creciente de grupos animalistas, que han logrado suspensiones temporales en plazas como la de Ciudad de México. A esto se suma la falta de apoyo institucional: los gobiernos rara vez la promueven como patrimonio cultural, y la inversión en ganaderías o formación de nuevos toreros es escasa. La audiencia, aunque fiel, se reduce, y los altos costos de los festejos, combinados con una menor afluencia, ponen en jaque su viabilidad económica. Municipios como Acámbaro, que alguna vez vibraron con la tauromaquia, hoy ven sus plazas relegadas a jaripeos o eventos esporádicos.

Las diferencias radican en la percepción y el respaldo. En Francia, la tauromaquia se integra a la identidad regional y se defiende como arte, con una industria estructurada que la sostiene. En México, la polarización social y la falta de una estrategia para renovar el interés —especialmente entre los jóvenes— la dejan vulnerable. Mientras los franceses han sabido adaptar la fiesta a un marco moderno, con festivales que atraen a miles, en México la tradición se desvanece entre el desinterés y la controversia.

La fiesta brava no solo es un espectáculo; es un reflejo de la historia, el valor y la pasión de un pueblo. Francia nos enseña que, con visión y apoyo, puede prosperar. México, cuna de grandes toreros, debe decidir si permitirá que este legado se extinga o si lo revitalizará como parte de su identidad. La pregunta es clara: ¿dejarán los mexicanos que la fiesta brava muera en el ruedo, o lucharán por torearla con la misma maestría que sus antepasados?