POR EL VIEJO GRUÑÓN
La tauromaquia en México, una práctica arraigada desde la llegada de los españoles en el siglo XVI, enfrenta un futuro sombrío en la Ciudad de México, epicentro de esta tradición con la Plaza México, la plaza de toros más grande del mundo. La reciente prohibición de las corridas tradicionales en la capital, aprobada por el Congreso de la Ciudad de México el 18 de marzo de 2025, marca un punto de inflexión no solo para la metrópoli, sino para el destino de la tauromaquia en todo el país.
Esta decisión, que sustituye las corridas cruentas por espectáculos «sin violencia», plantea preguntas profundas sobre el equilibrio entre la preservación cultural y la creciente sensibilidad hacia el bienestar animal, así como sobre las repercusiones económicas, sociales y culturales a nivel nacional.
Un Cambio Legislativo con Raíces Populares
La prohibición en la Ciudad de México no es un hecho aislado, sino el resultado de años de activismo y presión social. La iniciativa ciudadana, respaldada por 27,000 firmas, exigió originalmente un veto total a las corridas de toros.
Sin embargo, la jefa de gobierno, Clara Brugada, optó por una fórmula intermedia: los espectáculos taurinos podrán continuar, pero sin causar daño o muerte a los toros. Los matadores solo podrán usar capotes y muletas, los cuernos de los toros estarán protegidos, y cada enfrentamiento estará limitado a 10 minutos, tras los cuales los animales regresarán a sus ranchos.
Esta legislación sigue a una serie de vaivenes legales. En mayo de 2022, el juez Jonathan Bass suspendió las corridas en la Plaza México, argumentando que violaban el derecho de los ciudadanos a un entorno libre de violencia. Aunque la Suprema Corte de Justicia de la Nación revocó esta suspensión en diciembre de 2023, permitiendo el regreso de las corridas en enero de 2024, la presión social y política culminó en la prohibición actual.
Organizaciones como México Sin Toreo, CAS International y PETA Latino han sido clave en este proceso, respaldadas por encuestas que reflejan un cambio en la opinión pública: un sondeo de Reforma de 2019 indicó que la mayoría de los mexicanos se opone a las corridas, y otro de 2013 mostró que tres cuartas partes apoyan su prohibición.
Impacto en la Ciudad de México
La Plaza México, con capacidad para 41,262 espectadores, ha sido durante décadas un símbolo de la tauromaquia mexicana, albergando hasta 30 eventos anuales en sus años más activos.
La prohibición de las corridas tradicionales amenaza con transformar este ícono en un escenario de espectáculos que, según críticos como Salvador Arias de Tauromaquia Mexicana, carecen del atractivo emocional y cultural que define la fiesta brava.
Arias compara esta reforma con un experimento fallido en las Islas Baleares, donde las corridas sin sangre no lograron captar el interés del público y fueron eventualmente descartadas por un tribunal español.
Económicamente, el impacto podría ser significativo. La Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia en México estima que la tauromaquia genera 80,000 empleos directos y 146,000 indirectos, con ingresos anuales de aproximadamente 400 millones de dólares. Aunque estas cifras son cuestionadas por detractores, la actividad sostiene a ganaderos, toreros, banderilleros, picadores y una cadena de proveedores que incluye desde artesanos de trajes de luces hasta vendedores ambulantes.
En la Ciudad de México, la desaparición de las corridas tradicionales podría reducir el flujo económico en torno a la Plaza México, afectando a sectores dependientes del turismo taurino, que históricamente ha atraído a miles de espectadores, especialmente extranjeros.
Repercusiones Nacionales
La decisión de la capital no solo afecta a la Plaza México, sino que envía una señal poderosa al resto del país. Actualmente, seis estados mexicanos —Sonora, Guerrero, Coahuila, Quintana Roo, Sinaloa y Michoacán— han prohibido las corridas de toros, siendo Michoacán el más reciente en abril de 2025.
En contraste, estados como Aguascalientes, Tlaxcala, Hidalgo, Querétaro, Zacatecas, Nayarit y Guanajuato consideran la tauromaquia parte de su patrimonio cultural inmaterial, y eventos como los descritos en Jesús María, Cañadas de Obregón o Santiago Tezontlale demuestran que la afición sigue viva en regiones donde la tradición tiene raíces profundas.
Sin embargo, el precedente de la Ciudad de México podría acelerar el movimiento antitaurino en otros estados. La legislación capitalina, respaldada por la presidenta Claudia Sheinbaum, quien también apoya una enmienda constitucional para garantizar el trato humanitario a los animales, refuerza la narrativa de que la tauromaquia es un vestigio colonial incompatible con los valores modernos de bienestar animal.
Organizaciones como México Sin Toreo argumentan que la matanza de toros durante las corridas viola la Ley Federal de Sanidad Animal, lo que podría servir como base para impugnaciones legales a nivel nacional.
Por otro lado, los defensores de la tauromaquia, como José Saborit de Tauromaquia Mexicana, advierten que prohibir esta práctica no solo amenaza una tradición de siglos, sino también la libertad cultural y el sustento de miles de familias.
En estados con fuerte arraigo taurino, como Aguascalientes, donde se realizan eventos como la Feria de los Chicahuales o la Feria de la Uva, además de la tradicional Feria de San Marcos, la tauromaquia sigue atrayendo multitudes y generando ingresos significativos. La desaparición de las corridas en la capital podría desalentar a las nuevas generaciones de toreros, como Ricardo Romero o Alonso Mateo, y debilitar la formación de escuelas taurinas, afectando el relevo generacional en el arte del toreo.
Un Futuro Incierto
El futuro de la tauromaquia en México pende de un hilo. La prohibición en la Ciudad de México, combinada con la creciente oposición pública y las prohibiciones en otros estados, sugiere que el declive de las corridas tradicionales es inevitable en el mediano plazo.
Sin embargo, la resistencia de los taurinos, que ven en la fiesta brava una expresión de identidad y arte, no debe subestimarse. La propuesta de “corridas sin violencia” podría ser un intento de preservar la esencia del espectáculo, pero su viabilidad es dudosa, dado el rechazo de los aficionados tradicionales y la persistente crítica de los activistas, que argumentan que cualquier evento taurino implica sufrimiento para los animales.
A nivel nacional, el impacto dependerá de cómo se equilibren los argumentos culturales y económicos con las demandas éticas. Si más estados siguen el ejemplo de la capital, México podría unirse a países como Cuba, donde la tauromaquia fue abolida en 1899, o a Colombia, donde una prohibición entrará en vigor en 2027.
Sin embargo, la fortaleza de la afición en regiones como Aguascalientes o Tlaxcala podría mantener viva la práctica en bastiones tradicionales, aunque con un alcance cada vez más reducido.
En conclusión, la prohibición en la Ciudad de México no solo transforma el paisaje taurino de la capital, sino que pone en jaque el futuro de la tauromaquia en todo el país.
Mientras los defensores luchan por preservar una tradición que consideran parte de su identidad, los opositores ven en este cambio una victoria para los derechos de los animales y un paso hacia una sociedad más compasiva.
El debate, lejos de concluir, seguirá siendo un reflejo de las tensiones entre tradición y modernidad en el México del siglo XXI.



