TEXTO Y FOTO: EVERARDO GONZÁLEZ | AGENCIA DE NOTICIAS SLP
En una tarde abrasadora que parecía fundir el alma potosina, la plaza de Santa María del Río, en San Luis Potosí, se vistió de gala con un lleno que vibraba de expectación. El sol, implacable, no pudo apagar el fervor de los aficionados que acudieron al Festival Taurino, testigos de una jornada en la que el toreo se convirtió en poesía y el valor en un canto a la tradición.
Abrió el festejo el novillero Ángel Gabriel, enfrentándose a un astado de Espíritu Santo de juego regular, que puso a prueba su temple.
Con voluntad y entrega, Gabriel buscó el lucimiento, pero el burel no colaboró del todo. Tras dos avisos, el público reconoció su esfuerzo con palmas cálidas, un aliento para el joven que sigue forjando su camino.
La plaza, entonces, se rindió ante Fermín Rivera, quien toreó un astado de su propia ganadería, un ejemplar bravo y exigente que no regaló nada. Con la maestría que lo caracteriza, Fermín desentrañó los secretos del burel, tejiendo una faena de técnica impecable y corazón desbordado.
Cada muletazo fue un verso, cada pase un suspiro colectivo. Culminó su obra con un espadazo entero, certero como un relámpago, que hizo estallar los tendidos.
Las dos orejas, merecidísimas, ondearon en sus manos mientras la plaza rugía en un unísono de admiración.
José Mauricio, siempre elegante, lidió un toro de Gómez Valle que, aunque noble, se apagó pronto. Con pulcritud y oficio, Mauricio dibujó lances precisos, exprimiendo cada gota de calidad del animal.
Su espada, efectiva, le otorgó una oreja, premio a una labor que destiló clase y serenidad.
Cerró la tarde José Sainz, enfrentando otro de Gómez Valle, un toro con calidad pero de corta duración, que destacó por el pitón derecho.
Sainz, con inteligencia, aprovechó ese lado para estructurar una faena que levantó al público. Un pinchazo hondo y un descabello no empañaron su entrega; la ovación en el tercio y una oreja fueron el reconocimiento a su esfuerzo y conexión con los tendidos.
Santa María del Río vibró, se emocionó y celebró. Fermín Rivera, con su toreo hondo, se alzó como el gran triunfador de una tarde en la que el arte y el valor se fundieron bajo el sol potosino, dejando en la memoria de los aficionados un eco imborrable de torería.



