Tradición Perdida e Hipocresía Moderna

Gustavo Mares

La México, que alguna vez vibró con los olés de miles, hoy tambalea bajo el peso de una sociedad que voltea la espalda a la tauromaquia. La prohibición taurina, que pende como espada de Damocles sobre esta tradición, no es solo obra de políticos oportunistas. No, el problema es más profundo, y duele reconocerlo: la fiesta brava se olvidó de las nuevas generaciones, y ahora paga el precio de su arrogancia.

En los 90, cuando la México reabrió sus puertas, los aficionados de antaño, esos ‘de hueso colorado’, miraban con desprecio a los novatos que no entendían el arte de la lidia. En lugar de acogerlos, los regañaban, alejándolos de la plaza. Mientras tanto, fuera de esos muros, el mundo cambiaba. Las narrativas anglosajonas, con sus historias de animales humanizados y finales felices, calaron hondo en la infancia de los 90 y 2000.

Las redes sociales amplificaron este mensaje para transformar al toro de lidia en un símbolo de víctima y no en el protagonista de un rito ancestral.

Hoy, la tauromaquia pende de un hilo, no porque los políticos la prohíban, sino porque la sociedad ya no la entiende. Y, seamos francos, los taurinos no hicieron lo suficiente para explicarla.

Los esfuerzos de los profesionales del toreo por convencer a los legisladores de que prohibir la fiesta es un error son como sembrar en cemento. ¿Cómo defender un arte que las nuevas generaciones ven como crueldad?

La mentalidad cambió. En donde antes se celebraba el valor del torero, ahora se habla de ‘asesinato’ con la misma boca que se devora un taco de suadero.

La palabra ‘carne’ fue reemplazada por ‘proteína’ en los menús, eufemismo que refleja la hipocresía de una sociedad que condena la tauromaquia mientras ignora la realidad de su propia dieta. Y no hablemos de quienes, en el colmo de la incoherencia, defienden la prohibición taurina mientras creen que la Tierra es plana.

La fiesta brava no morirá solo por decretos políticos; morirá si no reconquista a las nuevas generaciones. Es una tarea titánica, sí, pero no imposible.

Hay que enseñar el claroscuro de la vida, el respeto por la tradición y la valentía de enfrentar al toro, no solo en la arena, sino en el debate público y en la vida misma. Porque si se prohíbe la fiesta brava en nuestro país, no será culpa de los políticos, sino de quienes dejaron que el olé se convirtiera en un eco lejano.

Para salvar la fiesta brava, los taurinos deben abandonar la nostalgia y salir a la arena del debate cultural con la misma valentía que un matador frente al toro. Esto implica un esfuerzo colectivo: abrir las puertas de la Plaza México a las nuevas generaciones, educar sobre el significado profundo de la tauromaquia como arte, ritual y reflejo de la vida misma, con sus luces y sombras.

No basta con culpar a políticos o redes sociales; hay que construir puentes con una juventud que creció con narrativas distintas y mostrar que el toro de lidia no es una víctima, sino un símbolo de fuerza y nobleza que merece respeto, no compasión.

Si no se actúa ahora, el olé se extinguirá, y la México quedará como un museo de glorias pasadas. La tauromaquia no es solo un espectáculo, es una expresión de nuestra identidad, un desafío a la muerte que nos recuerda que la vida no es un cuento de hadas.