Columna Alternativa: Desvirtuado

Desvirtuado

Gustavo Mares

Hace no muchos años, el relevo generacional en los tendidos llevaba un orden cronológico. Era habitual que el abuelo llevara al padre, y éste al hijo. Al mismo tiempo, en cierta etapa de la vida, cualquiera de ellos acudía a los toros con los amigos que se hacen en común en el medio taurino.

Pero de repente esa transmisión de la tauromaquia se rompió. Y a las nuevas generaciones se les comenzó a denostar. El término ‘villamelón’ cobró especial relevancia en los tendidos, cuando los aficionados que ‘chanelan’ deberían haber mostrado la tauromaquia a los recién llegados.

Al mismo tiempo la esencia de la tauromaquia comenzó a desvirtuarse y se le dio el tratamiento  erróneo de una actividad deportiva, cuando el toreo ‘es un arte en el que los errores se pagan con la vida’ diría el desaparecido Luis Procuna Montes ‘El Berrendito de San Juan’ en la inconmensurable película ‘Torero’, dirigida por el español Carlos Velo y producida por la casa Barbachano Ponce.

Hoy día el grueso de los aficionados, así como de los medios de comunicación que dedican algún espacio a la tauromaquia, están enfocados en el número de orejas y rabos que cortan los toreros, pero pasan de largo la emoción que hay en torno a lo que hacen adentro del redondel, que es lo que realmente vale la pena en la tauromaquia.

La concesión de orejas en el toreo se remonta a la época en la que en las plazas públicas españolas se soltaban toros bravos. Ahí, los más valientes del pueblo se las ingeniaban para pasaportarlos. Quien lo lograba se hacía acreedor a la carne de ese astado y para identificar al triunfador de ese beneficio, el representante del rey le daba a manera de contraseña la oreja para que fuera a reclamar el premio al destazadero.

Pero la emoción es otra cosa. Se siente y no se mide.

Cuando los profesionales del toreo y los medios de comunicación comprendan que el toreo se sustenta en la emoción que producen un toro bravo y un hombre que sin trampas se juega la vida delante de él, las plazas de toros volverán a llenarse.

Seguramente pocos aficionados recordarán si la faena del entrañable Rodolfo Rodríguez ‘El Pana’ a ‘Rey Mago’ de Garfias en la Plaza México tuvo algún premio. Pero lo que es imborrable son aquellos momentos mágicos que el torero de Apizaco le regaló a propios y extraños.

Y la emoción no sólo quiere decir ‘faenas bonitas’. Es todo lo sorpresivo que envuelve a una corrida de toros. Lo que nos hace sentir algo. El día que brincó a los tendidos el legendario toro ‘Pajarito’ de la dehesa de Cuatro Caminos, propiedad del escrupuloso criador Sergio Hernández Weber, se cortaron los máximos trofeos, pero pocos lo tienen en la memoria.

Así podríamos recordar grandes pasajes de la tauromaquia mexicana desde sus inicios hasta nuestros días.

Desafortunadamente, en el marco de la reactivación taurina, cuando se supondría que todos ‘tirarían la carreta en una sola dirección’ no falta quien quiere aprovecharse de la situación y ofrece ‘gato por liebre’. Peor resulta, cuando además de la falta de trapío, las cornamentas están visiblemente arregladas, lo que le resta seriedad al espectáculo y aleja al público de las plazas.

Para que exista en un recinto taurino emoción, más allá del juego que pueda dar un burel, es menester un toro íntegro y con edad, porque la suma de esos dos factores transmiten muchas sensaciones a los tendidos.

La profesión de torero es una de las más hermosas del mundo, pero también es una de las más difíciles, lo que se complica aún más en esta época en la que priva el desconocimiento de lo que es la esencia de la tauromaquia.

La emoción siempre estará por encima de las orejas, porque como decía el desaparecido cronista taurino Francisco Lazo ‘las orejas son retazos de toro’.

Para finalizar, la pregunta de la semana: ¿Por qué allá le salen al toro grande y aquí exigen todo lo contrario?