«El Triunfo del Fracaso: Aprender a Perder para Ganar de Verdad»
Por El Viejo Gruñón
Hay algo que, como sociedad, hemos olvidado enseñar bien: cómo fracasar con dignidad. Nos han criado con la idea de que lo único que importa es ganar, siempre ganar. Nos premian cuando destacamos, nos aplauden cuando logramos el éxito, y nos empujan a buscar constantemente la victoria. Pero aquí está la cruda realidad: el verdadero valor no está en el éxito inmediato, sino en la capacidad de enfrentar las derrotas, aprender de ellas y seguir adelante.
Vivimos en tiempos que temen al fracaso. La sociedad ha convertido el error en un estigma. Se les enseña a los jóvenes que fallar es vergonzoso, que no cumplir con las expectativas es sinónimo de debilidad. Pero déjenme decirles algo, con toda la franqueza de este viejo cascarrabias: el fracaso no es el fin, es un paso más en el camino. El verdadero arte no está en aquellos que nunca pierden, sino en aquellos que se levantan tras cada caída, con más sabiduría y fuerza.
Fracasar es incómodo, es cierto. Deja a las personas expuestas, vulnerables, enfrentando no solo sus propios miedos, sino las críticas de quienes observan desde la comodidad de sus éxitos. Sin embargo, la grandeza de una persona no se mide por cuántas veces gana, sino por cuántas veces se levanta después de haber caído. Porque ganar es fácil. Cualquiera puede festejar una victoria. Pero aceptar una derrota, levantarse con el alma rota y decidir seguir peleando, eso es lo que realmente requiere valentía.
Y aquí está la clave, queridos lectores: el fracaso enseña mucho más que el éxito. El éxito, cuando llega de forma rápida y sin esfuerzo, muchas veces solo alimenta el ego. En cambio, el fracaso enseña humildad, paciencia y perseverancia. Cada error revela algo nuevo, un aspecto desconocido, una lección invaluable. El fracaso, como un toro bravo en la arena, obliga a enfrentar las debilidades y a crecer. Es en esos momentos de caída cuando se forma el verdadero carácter.
No confundamos este discurso con el típico «fracasar está bien, sigue adelante». No, aquí no estamos hablando de consuelos vacíos. Estamos hablando de aprender a amar el proceso. De entender que el verdadero éxito radica en el camino, no en la meta. Que cada vez que fracasas, te vuelves más fuerte, más sabio, más humano.
Hablar del fracaso no es algo cómodo en una sociedad que solo aplaude a los vencedores. Pero seamos sinceros: el que nunca ha fallado no ha vivido lo suficiente. En el ruedo, como en la vida, el fracaso no es el final, es solo un acto más. Y esto lo sabe bien Luigi Mercury, el hombre que acaba de tomar su alternativa en Tlahuelilpan, Hidalgo, tras años de lucha incansable.
Mercury no es el típico torero que creció en la cuna de la tauromaquia, forjado desde pequeño entre capotes y muletas. No, su historia es más compleja, más llena de tropiezos y desvíos. Este hombre, que alguna vez fue acróbata y artista de escenario, dejó atrás el toreo por muchos años. La vida lo llevó por caminos distintos, alejándolo del ruedo. Pero fue en plena pandemia, cuando muchos de nosotros estábamos refugiados en la incertidumbre, que él encontró su llama apagada.
Fue en un festival taurino de aficionados prácticos donde la pasión por el toreo volvió a encenderse en su interior. Y en lugar de rendirse, en lugar de aceptar el destino que parecía haberle negado su alternativa, Luigi decidió luchar. Decidió que no importa si tienes 50 años y el mundo entero te llama loco; si algo te hace sentir vivo, vale la pena pelear por ello.
Pero el camino de Mercury no fue fácil. Incluso cuando parecía que todo iba encajando, los obstáculos institucionales no tardaron en aparecer. Inscribirse en el sindicato taurino, cumplir con fechas, superar pruebas… A cada paso, el sistema lo ponía a prueba, cuestionando su seriedad, su capacidad, y sí, su derecho a estar ahí. Pero aquí viene el punto clave: el fracaso no es el fin. Mercury lo entendió bien, porque cada rechazo, cada negativa, lo empujaba más cerca de su objetivo.
Finalmente, el 8 de octubre de 2024, el sueño se hizo realidad. Luigi Mercury tomó su alternativa de manos de Uriel Moreno «El Zapata», con Antonio García «El Chihuahua» como testigo. Pero no fue una alternativa cualquiera, fue el fruto de años de lucha contra un sistema que no lo apoyaba, de críticas de puristas que no creían en él, y de sus propios miedos. Ese día, Mercury salió al ruedo y enfrentó a su toro «Artista», mostrando avances notables en su tauromaquia. Cortó una oreja, sí, pero lo más importante es que no cortó sus sueños.
Así que, queridos lectores, la próxima vez que enfrenten un fracaso, no lo vean como el final de algo. Véanlo como una oportunidad. Una oportunidad para aprender, para fortalecerse y para seguir avanzando. Porque, al final del día, el verdadero triunfo no es evitar el fracaso, sino no permitir que el fracaso los detenga.
Mercury lo comprendió. Él es el ejemplo de que el éxito no llega sin esfuerzo, sin sacrificio. Y si bien no todos cortarán orejas en un ruedo, todos tienen sus propias batallas que librar. No es cuestión de ganar o perder, sino de tener la valentía de seguir luchando cuando todo parece estar en contra. El arte del fracaso es uno que pocos dominan, pero aquellos que lo entienden son los que, finalmente, logran la victoria que realmente importa… Tener el coraje de enfrentarte al toro de la vida, una y otra vez.



