COLUMNA ‘EL VIEJO GRUÑÓN’: Monopolio Empresarial, Toro que Embiste al toreo mexicano

Monopolio Empresarial, Toro que Embiste al toreo mexicano

POR EL VIEJO GRUÑÓN

La fiesta brava, ese espectáculo profundamente arraigado en la cultura mexicana, ha enfrentado en las últimas décadas un enemigo más formidable que cualquier antitaurino: el monopolio empresarial. La concentración de poder en unas pocas manos ha transformado la tauromaquia en un negocio rígido y elitista, asfixiando su esencia, alejándola del pueblo y comprometiendo su futuro. Este artículo de opinión sostiene que el monopolio empresarial ha sido perjudicial para la fiesta brava mexicana, no solo por su impacto económico, sino por la forma en que ha despojado a esta tradición de su vitalidad cultural y social.
En México, la tauromaquia ha sido históricamente un punto de encuentro entre clases sociales, un arte que unía a campesinos, obreros y aristócratas en la plaza. Sin embargo, la gestión monopólica de las principales plazas de toros, ganaderías y carteles ha generado una estructura cerrada que prioriza la ganancia sobre la pasión. Empresas como las que controlan la Plaza México y otras de renombre han consolidado un sistema donde los mismos nombres —toreros, ganaderos y empresarios— dominan la escena. Esta falta de competencia limita las oportunidades para nuevos talentos, encarece los boletos y reduce la diversidad de espectáculos, alejando a las nuevas generaciones y a los aficionados de ingresos modestos.
El impacto económico del monopolio es innegable. Al controlar la oferta de corridas, estas empresas fijan precios que no reflejan un mercado competitivo, sino una imposición. Los boletos para una corrida en plazas emblemáticas pueden costar desde cientos hasta miles de pesos, un lujo inalcanzable para muchos mexicanos. Según estimaciones, asistir a una corrida en la Plaza México puede representar el equivalente a una semana de salario mínimo para un trabajador promedio. Este encarecimiento no solo excluye a los aficionados tradicionales, sino que también desincentiva la asistencia de un público joven que podría revitalizar la fiesta. En un país donde la desigualdad económica es un problema estructural, el monopolio empresarial convierte la tauromaquia en un privilegio de élite, traicionando su carácter popular.
Además, el monopolio sofoca la innovación y la calidad artística. Al repetirse los mismos carteles con toreros de renombre, se marginan a matadores emergentes que podrían aportar frescura y audacia a la fiesta. Las ganaderías, por su parte, enfrentan presiones para producir toros que se ajusten a las preferencias de los empresarios, lo que a veces compromete la bravura y la autenticidad del ganado. La falta de competencia impide que surjan nuevas propuestas, como corridas más accesibles o formatos que integren a públicos diversos. En un mundo donde las tradiciones deben adaptarse para sobrevivir, el monopolio mantiene a la fiesta brava atrapada en un pasado que no dialoga con el presente.
No se puede ignorar el impacto cultural de esta dinámica. La tauromaquia mexicana, que alguna vez fue un símbolo de identidad nacional, hoy lucha por mantenerse relevante en un contexto de críticas animalistas y cambios generacionales. El monopolio, al centralizar el poder, ha fracasado en promover la fiesta como un arte vivo, en educar al público o en defender su valor cultural frente a sus detractores. En lugar de abrir las puertas de las plazas a escuelas taurinas, eventos gratuitos o campañas que acerquen la tauromaquia a las comunidades, los empresarios se han conformado con explotar un mercado cautivo, reduciendo la fiesta a un producto comercial.
Es cierto que algunos argumentan que el monopolio aporta estabilidad al sector, al garantizar la organización de corridas en un entorno económico incierto. Sin embargo, esta supuesta estabilidad es un espejismo. La dependencia de unas pocas empresas hace que la fiesta brava sea vulnerable a sus decisiones unilaterales, como la cancelación de temporadas o el aumento arbitrario de costos. Además, la falta de competencia desincentiva la inversión en infraestructura, formación de toreros y promoción cultural, lo que a largo plazo condena a la tauromaquia a la irrelevancia.
Para salvar la fiesta brava mexicana, es urgente romper las cadenas del monopolio. La Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece) podría desempeñar un papel clave al investigar prácticas monopólicas en el sector taurino, fomentando la entrada de nuevos actores y regulando los precios de los boletos. Asimismo, las autoridades culturales deberían apoyar iniciativas que democraticen el acceso a la tauromaquia, como subsidios para corridas populares o programas educativos que resalten su valor histórico. Los aficionados, por su parte, tienen el poder de exigir una fiesta más inclusiva, boicoteando los carteles repetitivos y apoyando a las plazas independientes.