Dejó de existir el romanticismo y tiempo después… La México, a la tauromaquia

Bajo un cielo encapotado, más de tres mil almas se reunieron en la plaza de toros que hoy lleva su nombre para despedir a Rodolfo Rodríguez “El Pana”. La lluvia no detuvo los gritos de “¡Torero! ¡Torero! ¡Torero!” que resonaron mientras la Banda de Música del Gobierno del Estado entonaba el pasodoble Cielo Tlaxcalteca. En una calandria, su féretro dio dos vueltas al ruedo, como si el torero, una vez más, se negara a abandonar la arena.

Así se despidió un hombre que vivió y murió por el toreo, dejando tras de sí un legado tan polémico como inolvidable.

Rodolfo Rodríguez González nació el 2 de febrero de 1952 en Apizaco, en un mundo en el que la pobreza era su única herencia.

De niño, vendió gelatinas y trabajó como sepulturero; en una panadería, sin embargo, encontró el apodo que lo definiría: “El Pana”.

Fue Agustín Flores “Minutito” quien lo guió hacia el universo taurino, un camino lleno de espinas en el que toreó en pueblos con ganado de desecho, siempre persiguiendo un sueño que parecía inalcanzable.

Su vida fue una montaña rusa de triunfos y tropiezos. En 1977, se lanzó como espontáneo en la Plaza México; un año después, cortó orejas en una novillada. El 18 de marzo de 1979, Mariano Ramos le otorgó la alternativa, pero su carácter indomable, sus declaraciones incendiarias y su lucha contra el alcoholismo marcaron una carrera que pudo haber brillado más. “Como dijo Belmonte, se hará lo que se pueda”, respondió alguna vez cuando le preguntaron si quería morir en el ruedo como Manolete.

Sus palabras, cargadas de fatalismo y romanticismo, se cumplieron el 1 de mayo de 2016. Aquella tarde en Ciudad Lerdo, Durango, un toro de la ganadería Guanamé cambió su destino. La embestida le causó una lesión raquimedular que lo dejó cuadripléjico. México contuvo el aliento.

“El Pana”, el torero que dividía opiniones pero nunca pasaba desapercibido, copó titulares y encendió las redes. Un mes después, el 2 de junio de 2016, a las 18:45, falleció en el Hospital Civil de Guadalajara.

Su muerte desató una ola de tributos: desde minutos de silencio en Guadalajara, Tlaxcala y Las Ventas de Madrid, hasta mensajes de condolencia que cruzaron fronteras.

En Twitter, su nombre fue tendencia, prueba de que su figura trascendía el ruedo.

Pero si algo definió a “El Pana” fue su resurgimiento. En 2007, a los 55 años, cuando todos creían que su retiro era inminente, protagonizó una tarde épica en la Plaza México. Los empresarios José Antonio González “Chilolín” y Curro Leal apostaron por él, enfrentándolo a un encierro cinqueño de Garfias, una ganadería de prestigio. Contra todo pronóstico, “El Pana” resurgió.

Su brindis a las “suripantas” y sus faenas memorables lo devolvieron a los carteles. España y Francia lo recibieron, y en 2016, apenas dos meses antes de su tragedia, celebró su primera encerrona en Texcoco.

“Después de Rafaelillo, somos los dos románticos en activo. Cuando El Pana se vaya del toreo, es como cerrar un libro del romance del toreo”, confesó en 2014, con la lucidez de quien sabe que su tiempo se agota.

Nunca ocultó sus demonios: su alcoholismo, su bohemia, sus contradicciones. Pero tampoco escondió su pasión. “El tren de mi despedida ya lo oigo silbar”, dijo, y quiso irse bien, sin causar lástima. No lo logró del todo: su adiós fue tan dramático como su vida.

“El Pana” fue un torero de tiempos extraños, un hombre que parecía más personaje que persona, pero cuyo estilo era una forma de resistencia. Su nombre aún resuena en los debates sobre el futuro de la tauromaquia, una fiesta que se tambalea entre la tradición y la controversia.

Con su muerte, como él mismo predijo, se cerró un capítulo del romance taurino. Pero mientras las plazas sigan vibrando con el grito de “¡Torero!”, Rodolfo Rodríguez “El Pana” seguirá vivo, inmortalizado en el ruedo de la memoria.