Será en el estado de Tlaxcala, donde la tauromaquia respira en cada rincón, que el matador de toros Luigi Mercury, cuyo nombre real es Luis Yunuén Polanco Vega, está a punto de celebrar un hito que marcó su vida: el primer aniversario de haber recibido el anhelado abrazo de la alternativa.
Fue en octubre del año pasado, en una tarde inolvidable, en la que de manos de Uriel Moreno “El Zapata” y Antonio García “El Chihuahua”, con toros de La Soledad, Mercury salió en hombros tras compartir el ruedo con dos titanes de la fiesta brava. No fue un triunfo regalado; fue la culminación de un sueño forjado a contracorriente, con la pasión y la tenacidad de un hombre que nunca dejó de creer.
Ahora, Luigi Mercury prepara una fiesta privada en un rancho tlaxcalteca, un evento íntimo donde lidiará un burel de la prestigiosa ganadería de Julián Hamdan. Pero su visión va más allá: lo que comenzó como un festejo personal podría transformarse en un festival taurino que reúna a tres diestros más. Con astados de otras ganaderías de renombre a su disposición, Mercury sueña con convertir esta celebración en un canto colectivo a la tauromaquia, un espectáculo que una a toreros y aficionados en el ruedo de la pasión.
“No quiero que sea solo mío; quiero compartir esta fiesta”, comparte con un brillo en los ojos que delata su amor por el toreo.
La vida de Mercury es un mosaico de arte y valentía. Además de torero, es empresario de espectáculos y un incansable altruista que lleva semanalmente shows artísticos a reclusorios federales, regalando momentos de alegría a quienes más lo necesitan.
Su historia está tejida con hilos de escenarios y ruedos. De adolescente, vistió de luces y toreó en múltiples festejos mientras, junto a su hermano, formaba “Los Mercury”, una dupla acrobática que conquistó escenarios más allá de México. “De repente, un vecino nos dio una oportunidad. Gané veinte pesos, que entonces me parecieron una fortuna”, recuerda con una sonrisa.
Su infancia transcurrió entre monteras y añadidos, en una casa en la que figuras como Manolo Martínez, Eloy Cavazos y Curro Rivera eran visitantes habituales, dejando una huella imborrable en el joven Luis.
La sangre artística corre por sus venas. “Mi mamá fue bailarina de Pérez Prado. Me llevaba al Teatro Blanquita mientras ella bailaba. Los escenarios y los ruedos son parte de mi historia”, confiesa.
Pero su vida dio un giro cuando conoció a Janett Molina, su esposa, una bailarina que se convirtió en su pilar. Juntos criaron a sus hijos, Luigi y Jashia.
Janett, con la sinceridad que solo el amor permite, admite: “Me casé con un artista, no con un torero. No es fácil saber que tu esposo se viste de luces para enfrentarse a un toro. Aunque no siempre estoy de acuerdo, tiene todo nuestro apoyo”. Sus palabras reflejan el sacrificio y la fuerza de una familia que respalda un sueño que desafía las críticas.
Porque no todo ha sido fácil. Los puristas del toreo han tachado a Mercury de caprichoso, cuestionando su lugar en la fiesta brava. Pero él responde con hechos: su entrega en el ruedo, su compromiso con la tradición y su deseo de abrir las puertas de la tauromaquia a nuevos públicos.
Este festival que planea no es solo una celebración personal; es un homenaje a la fiesta que lo ha definido, una oportunidad para que otros toreros brillen y para que el público sienta la magia del toreo.
Luigi Mercury es más que un torero; es un soñador que lleva el arte en la sangre y el ruedo en el alma. Mientras afina los detalles de este festival, su historia nos recuerda que la tauromaquia es también un acto de generosidad: compartir el ruedo, compartir el sueño, compartir la vida.
Y en ese rancho tlaxcalteca, bajo el cielo que ha sido testigo de tantas faenas, Mercury no estará solo. Tres toreros más podrían unirse a él, porque su corazón es grande, y su sueño, inmenso… Pero más importante aún, estarán convocadas aquellas personas que representan algo en la vida personal y profesional de Luigi Mercury.




