En las tierras fértiles al pie del Cerro de las Doncellas y a orillas del lago de Cuitzeo, en Michoacán, late un corazón taurino inquebrantable. Jorge Enrique Contreras Fraga, conocido en el mundo de la Fiesta Brava como Enrique Fraga, encarna la esencia de una pasión que trasciende generaciones. Este michoacano no solo ha conquistado la ‘trifecta’ de la tauromaquia (doctorándose como matador de toros, tomando la alternativa como rejoneador y erigiéndose como ganadero), sino que vive intensamente su devoción en el epicentro de su propio legado: su ganadería.
Es ahí, en su casa, en la que Fraga torea con la maestría de quien nunca ha dejado de ser torero, recordándonos que la bravura no se extingue con el tiempo.
Bajo el sol abrasador de mediodía, en el tentadero de su hacienda, Fraga demuestra que ‘quien tuvo, retuvo’ y que ‘lo bien aprendido, nunca se olvida’. Primero, toma el capote para parar con templanza las embestidas de las vacas, midiendo su ímpetu con la precisión de un maestro. Luego, se sube al caballo, su fiel compañero a lo largo de su vida profesional y personal, para probar él mismo la bravura de las futuras madres del ‘rey de la fiesta brava’.
No falta la muleta en sus manos, en esa doble faceta de torero-ganadero que lo define: acerca distancias, evalúa nobleza y ennoblece el ruedo con su experiencia.
Y, como no podía ser de otra forma, despliega el toreo a caballo con una cuadra impecable, lista para brillar en la Plaza México.
En estos momentos, Fraga no solo tienta ganado; reviva su propia historia, apoyando a figuras emergentes como Sebastián Ibelles, quien recientemente realizó labores de tienta en su finca, recordándonos que la generosidad es parte de la grandeza taurina.
Esta pasión no surge de la nada. Su ganadería, Enrique Fraga, es un tapiz tejido con hilos de historia y sacrificio. A finales del siglo XIX, Ramón Tapia inició la crianza de toros bravos adquiriendo veinte vacas y dos sementales criollos de la Hacienda de Queréndaro, asentándolos en los potreros de la Hacienda La Labor.
A mediados del siglo XX, la sociedad entre Alfredo Ochoa Ponce de León y Emilio Fernández adquirió gran parte de esa propiedad, fundando Campo Alegre con vacas y sementales de La Punta. Tras la muerte de Fernández, Ochoa incorporó encaste San Mateo de Luis Barroso Barona, logrando triunfos memorables como el indulto de “Saltillero” por Curro Rivera en la Plaza México.
A la partida de Ochoa, la ganadería se dividió; su viuda, Catalina Morelos, fundó la suya el 14 de enero de 1990, debutando en Ciudad Juárez con orejas cortadas por Curro Rivera, Miguel Espinosa “Armillita Chico” y Alejandro Silveti.
Se presentó en la Monumental Plaza México en 1993 con novillos para Alfredo Rodríguez, Carlos Ortega y José María Luévano.
En 1999, el entrañable actor Gonzalo Vega la adquirió, cambiando nombre y hierro pero conservando colores, e incorporando un semental de El Olivo.
Tras la muerte prematura del actor que estelarizó en teatro, durante décadas, ‘La Señora Presidenta’, el purépecha Enrique Fraga compró la ganadería a su viuda.
En 2010, añadió dos sementales y ochenta vacas de encaste puro Parladé —procedencia Salvador Domecq, El Torero y Daniel Ruiz—, importadas en 1995 por Eduardo Funtanet Martí.
El debut de este encaste, el 26 de julio de 2015, fue apoteósico: una oreja para Horacio Casas, dos por lote para Uriel Moreno “El Zapata” y dos para Antonio García “El Chihuahua”, con arrastre lento.
“En nuestra familia la ganadería es una pasión que nació de un sueño. La historia se hace de sueños, y para lograrlos es necesario muchas veces en el camino hacer grandes sacrificios y dejar otros en el olvido”, reflexiona Fraga con humildad.
Cada embestida en su finca es un tributo a esa herencia, un recordatorio de que la tauromaquia es sacrificio, arte y eternidad.
Enrique Fraga ha forjado su leyenda como profesional del toreo. Si fuera español, quizá una calle llevaría su nombre. En Michoacán, su casa es su plaza, y en ella, torea con el alma.








