Gustavo Mares
Quien diga que el toreo no es una escuela de vida está en un craso error. Lo que acontece en el ruedo es una representación misma de la vida, y la realidad no admite sensibilidades. A sus 24 años de edad, el novillero José María Mendoza atraviesa, desde hace mucho, un duro problema familiar: su señora madre padece cáncer.
‘La vida te serena’, comparte el capitalino, que tiene en puerta dos compromisos. El día 29 hará el paseíllo en la Plaza Conchita Cintrón en el Centro Caballar Los Azulejos en la zona esmeralda de Atizapán. Además, el 28 de julio se presentará en la Plaza México, donde compartirá créditos con Rafael Soriano y Manolo González para enfrentar astados de José Raúl Cervantes.
‘Torear ha sido parte fundamental en mi vida. Hay ocasiones que tienes dos caminos: dejarte caer o sacar fuerza y salir adelante’, señala el torero, que cursa la carrera de gastronomía.
A su corta edad y sin haber tomado la alternativa, José María es un torero de los pies a la cabeza. Es ejemplo de entereza.
Hace unos días, a través de las redes sociales, compartió un conmovedor relato, que con autorización del torero presentamos:
‘Hace seis días mamá cayó en coma. Vivimos días muy feos y tristes. Tuvo que ser conectada a un ventilador artificial. Las probabilidades de vida eran nulas, de hecho en un momento de tristeza y dolor decidimos avisar a toda la familia y amigos para que vinieran a despedirse de ella’.
‘Fueron días muy pesados, las lágrimas no cedían, el dolor era irreparable y las fuerzas se perdían al igual que la esperanza. Cuatro días fuera de este mundo.
‘Los doctores nos habían avisado que sus pupilas ya no dilataban, y que sólo su corazón latía, pero que en cualquier momento dejaría de latir porque no aguantaría esa frecuencia cardiaca. Llegó la madrugada del cuarto día, y me quedé con ella. Incluso un padre le dio la última bendición.
‘Esa misma madrugada comenzó a moverse. Al paso de las horas como a eso de las dos y media, despertó. Cuando abrió sus ojos, lo primero que hizo fue pedirme que llamara a una tía, para arreglar lo del mausoleo.
‘Le pregunté ‘¿por qué’ Y contestó, ‘porque estoy muerta, ¿no?’.
‘Le dije, ‘no mami, estás aquí en esta vida, con nosotros’. No pasó mucho tiempo, cuando me dijo ‘estuve con Dios y me dijo algo muy bonito’. No pude contener las lágrimas. ‘Sólo me dijo levántate porque yo curé al leproso’. Cuando me dijo eso, mi piel se erizó. No lo podía creer. ‘También vi a la Virgen, pero ella no me dijo nada, sólo me mostró un manto con unas flores muy bonitas’. Yo no podía con lo que me decía, me tuve que pellizcar para darme cuenta que lo que estaba escuchando era real. ‘Oye mamá, y ¿cómo es Dios?’, le pregunté.
‘Me dijo con mucha ternura: ‘Es muy bueno, me habló muy bonito, es muy misericordioso, es amoroso. Físicamente no se parece a ninguna imagen de las que vemos, es muy diferente, no sabría cómo explicarte’, compartió José María, claro ejemplo de la fortaleza interna de los toreros.



